La otra tarde, mientras hojeaba el nuevo libro de fotografías de Francesc Fàbregas repasando dos décadas de conciertos a partir de la publicación de Vibraciones en 1974, me detuve ante el inmenso poder visual emanado por un aún entonces joven Leonard Cohen estirado frente al micrófono, erguido como un chopo que advierte no ceder ante las inclemencias de la edad. Sentí tremendo el impacto de la bofetada del tiempo al comparar con la imagen actual de este canadiense eterno que sigue aguantando como puede –sigue erguido, sí- las embestidas de sus setenta y siete años. Y sentí pena, más pensando en mí que en él, ante las nulas segundas oportunidades que nos da la vida a medida que se apaga. Por supuesto “Old Ideas” (Sony 2012), tras ocho años de silencio, es la pedrada en medio de la frente de David –la vida- contra Goliat –la muerte- tanto para quienes padecen un cáncer como un resfriado; o simplemente están enfermos de soledad.

Abre “Going Home” con el sujeto –¿Dios?- narrando en primera persona socarrón –I love to speak with Leonard…he´s a lazy bastard living in a suit– sus impresiones del artista –he wants to write s love song, an anthem for forgiving, a manual for living with defeat– mientras deja el estribillo para el afectado –going home sometime tomorrow, going home to where it´s better than before– que intuye estar cerca del fin. Entre el crédito y el descrédito, la única duda que no tiene Cohen es la de que se ha de optar por el tratamiento solemne si piensa uno titular como “Amen” un texto que, desde la ambigüedad de los genocidios –tell me again when I´m clean and I´m sober, tell me again when I´ve seen through the horror– o bíblicas –tell me again when the filth of the butcher is washed in the blood of the lamb-, basa toda la fuerza de su discurso en la economía de las palabras.

El poeta en “Show Me The Place” no le pierde la cara al posible diálogo con el todopoderoso –show me the place you want your slave to go, show me the place I´ve forgotten, I don´t know, show me the place for my head is bending low– aunque se le ve resignado en “Darkness” ante lo inevitable –I got no future, I know my days are few, the present´s not that pleasant, just lots of things to do– intentando apurar las pocas fuerzas restantes: más que nunca, aquí la vitriólica perspectiva del amante –treinta y cinco años después, el mujeriego aún sigue dando guerra- que deja paso a derivados –I´m tired of choosing desire, been saved by a sweet fatigue– con mayor o menor índice de sensualidad nostálgica.

En el apartado musical –ayuda componiendo Patrick Leonard-, el mismo estilo alérgico a experimentos; tan solo una composición –“Darkness”, bastante cercana a Dylan– se viste con arreglo de banda y, como siempre, lo parco realza la voz –y su contrapunto femenino, aquí bien surtido: incluso repesca a Jennifer Warnes en “Show Me The Place”– que a su vez realza los textos, como siempre –despachables en otras manos en minuto y medio con la misma contundente simplicidad que East river Pipe– de un nivel extraordinario. No sé en cambio si ha sido buena idea la de incluir una traducción en castellano a cargo de Joaquín Sabina porque –por mucho que Sony pretenda asociarlos- no van dirigidos al mismo público.

Tampoco sé si éste será el último álbum del más influyente compositor de compositores. Como otros en su caso, pero con su traza única, intenta dejar todo lo más claro posible, dejarlo arreglado por si acaso. Con la serenidad de quien asume las grietas –por fuera y por dentro-; con la resignación fruto del cansancio irreversible. Enseñándonos el camino: todos de hecho estamos en la fila.

PD: Hace veinte años, en el último párrafo de un libro dedicado a textos de Dylan, terminé escribiendo algo que sería perfectamente aplicable a Cohen: “gracias a él aprendí el significado del verbo soñar. Y muchas cosas más, casi todas las de provecho que sé. El resto, lo trivial –saludar, dejar pasar primero a las damas, los validos de los felipes, derivadas, integrales y la reproducción del caracol-, lo aprendí en el colegio”.