Es como si, cual Jonás, ya sólo pudiera comunicar desde el interior de la ballena en un insistente ejercicio de síntesis e intertextualidad propia, ya sea desde el estricto aliento literario o desde la cadenciosa reverberación. Bordeando desde el título una especie de acrónimo de “I’m your man” –y participando de ésta en una estructura conclusiva muy similar-, recurriendo a esa particular ofrenda al sirtaki que empezara a cristalizar en “Dance me to the end of love”, o yendo al tuétano lírico y espiritual de “Hallelujah”, “Amen” se viste de un halo sincrético puramente coheniano, como si el canadiense errante quisiera condensar aquí muchos de sus yos sin miedo a caer en la autoparodia (aun a riesgo de resultar demasiado imprudente semejante conjetura). Un acto de reafirmación estilística que participa de una obstinada invocación a modo de panoplia existencial.

Sostenido el tono y alargada la certidumbre -“Tell me again that you know what I’m thinking”- en este rito de vocación uterina, no queda sino constatar por lo demás que esta estratégica canción funciona a pleno rendimiento como paradigma de esas ideas que, por presentarse ajadas nunca dejarán de ser cardinales. Que las bombas –“Tell me again when I’ve seen through the horror, tell me again, tell me over and over”- que se visten de austeridad y callada apariencia son las que más bajo caen. Que la salvación no sabe de desánimos o matices –Tell me again when the rest of the culture has passed through the eye of the cam”-, sino de ese deseo subrayado con un solo gesto.

Es, al fin y al cabo, la marca de agua incontestable que, como el resto del disco en el que se integra, flota en ese apacible y nunca histérico minimalismo que no ha perdido un ápice de vigencia o de poder de seducción. Otros dirán que simplemente ha tirado de pragmatismo, pero no deja de ser su voz -la que clama y la que da- y, aunque sólo fuera por la precisión en la caligrafía, no nos dolerá en prenda reconocer que no deviene excedente ni pretexto gratuito en el retablo de su obra.