Mi percepción acomodada de Kate Bush, fraguada de cuando no me interesaban para nada los devaneos operísticos en el pop –ni los suyos en “Wuthering Heights” ni los de Queen en “Bohemian Rhapsody”: dos canciones que ahora reivindico con ganas y arrepentimiento-, durante años fue la de una niña mimada por la prensa –y por venir de la mano de un miembro de Pink Floyd- que sabía sacar partido de unas dotes más efectistas que emocionalmente importantes. Ornamentada por fuera, hueca por dentro. Hasta que un día –no tan lejano comparado con su dilatada trayectoria: hace veinte años-, mientras me documentaba para un libro de cantautoras femeninas, rebobiné, analicé su carrera singular, busqué razones firmes para mi conducta sin encontrarlas, volví a escuchar –esta vez con interés- y, como en otros casos –Led Zeppelin por ejemplo cuando Jeff Buckley citó su influencia-, empecé a maldecir mis prejuicios.

Comparado con otros trabajos suyos, “50 Words For Snow” (EMI 2011) es tranquilo y plano. Nada de cargas de caballería sonorizadas, poquísimos altibajos, y prioridad máxima del título apuntando a la nieve, presente de una forma u otra en las siete largas canciones que conforman estos sesena y cinco minutos reflexivos. Porque no puede adjetivarse de otra forma el dominio del piano de cabo a rabo. Desde que abre “Snowflake” con una secuencia continuada de diez minutos –empieza Kate cantando I was born in a cloud- que se ve vestida por percusión y orquesta casi imperceptibles, hasta el final de “Among Angels”. Una ambientación fría, de cantautora madura escribiendo desde el pliegue de la almohada, en un clima de interiorismo y privacidad que fortalecen unas simples escobillas si son convenientemente amplificadas tras el piano (en eso Steve Gadd aquí me recuerda a Mark Hollis).

La Bush –aunque no haga alarde de ello- lo pone casi todo. Puede deleitar en una historia de amor con un muñeco de nieve –y con sexo: las sábanas mojadas al día siguiente tras derretirse-, una oda al abominable hombre de las nieves –la alusión a la soledad indica que Kate debió leer en su momento “Tintín en el Tibet”-, o dejar en el aire –realidad o ficción- la relación de encuentros con su adorado –la secunda en “Snowed In At Wheeler Street”- Elton John. Otros compañeros vocales destacados son su hijo Albert McIntosh en “Snowflake” y sobre todo Stephen Fry en el tema titular –encargado de desglosar cincuenta sinónimos de la palabra nieve bajo la presión rítmica del excelente Gadd-, quizás el más dinámico –si se le puede llamar así- del lote.

Evidentemente son más de cincuenta palabras. Y es mucha nieve la que se ve, blanca, homogénea y majestuosa, desde la ventana escuchando este álbum.