A mediados de los años 80 se publicó una revista musical de vida breve que se llamaba Rock in’. En su segundo número estrenó una sección a cargo de Ramón Súrio titulada Discos Malditos. Y comenzó con un disco que, claro, había pasado desapercibido, era “Crazy Rythms” de The Feelies de 1980. Necesité cinco años para descubrir ese disco maldito. En estos momentos, en la Era de Internet, creía que los discos malditos ya no existían, creía que podía haber discos oscuros, difíciles, de culto, etc… pero ¿malditos?

Rafael Berrio tiene mi edad y, por tanto, una larga carrera a sus espaldas con cinco discos muy variados y con distintos nombres artísticos, Deriva y Amor a traición. Empezó con Gasa–Warner en 1993, tras una vida azarosa escondido en locales de ensayo y una obra inédita en la maleta. Mucho antes, en plena Nueva Ola grabó un EP con U.H.F. (Shanti Records, 1981) y giró como Donosti Sound (el primer Donosti Sound) por locales como el RockOla madrileño. Tres discos más en la independencia y varias autorías para artistas de renombre y ventas, le llevan hasta su quinta y, para mí, maldita obra, “1971” (2010), otra vez en el regazo de Warner Music.

Las 10 canciones de “1971” se me aparecieron la primavera del año pasado, seis meses después de su publicación, y las primeras investigaciones confirmaron su ‘malditismo’, había incluso dudas de la fecha de publicación del disco. Ninguna referencia salvo el vídeo de “Simulacro”. El disco no ha dejado de sonar desde entonces. Repasando la obra de Rafael lo más parecido que sitúo a “1971” es en el reverso de su segundo disco “Una canción de mala muerte” (Galerna, 1997) y no deja de ser un forzado símil.

Rafael Berrio desnudo, solo con su guitarra, despojado de la electricidad para acercarse a Serge Gainsbourg y arropado por la orquestación clásica en una producción esmeradísima a cargo de Joserra Senperena. Orquestación que en ningún momento oculta su guitarra y, sobre todo, su voz. Canciones de alto calibre como el mencionado repaso a la vida fallida en “Simulacro”, la sorpresa ante el amor de “Cómo iba yo a saber”, el examen de conciencia ante el Final de “Las mujeres de este mundo” o el arrebato de resistencia ante la vida de “Como Cortés”, en la que exhibe la guitarra eléctrica.

Pero la maldición del disco corre a cargo de “Este álbum”, maldición que le persigue y le previene de tocarla en directo. No he escuchado nunca semejante desgarro, chorro de melancolía que llega a ahogar, tributo a la familia que amamos y que nos cerró las puertas al futuro, porque no habrá futuro sin ellos, futuro en el que no estarán…

Rafael Berrio desnudo, solo con su guitarra, te ofrece “1971” en cualquier garito, es la alforja del maldito, es la penitencia por haber creado algo tan grande que no puede ser apreciado en la corta distancia del mercado y sus hits. Tendría que llenar el Liceo acompañado de orquesta sinfónica o, por qué no, el Olympia. En su descargo, consiguió el primer soldout de Kafea eta Galletak, sin duda el acontecimiento más importante que tenemos por acá.