La carrera de Mark Lanegan se puede disfrutar a través de dos propuestas con sus evidentes puntos comunes. La primera, más etérea y acústica –seguramente donde se inspiró el Kurt Vile de “Smoke Ring For My Halo”-, tiene su cúspide en “Whiskey For The Holy Ghost” (1994). La segunda, más industrial, se consolidó con el álbum “Bubblegum” (2004).

En la línea de este último discurre “Blues Funeral” (4AD 2012). Desde la portada permite intuir la filosofía Lanegan. Flores en primer plano –hace unas semanas ya se comentó el estilo en otro post-, no tan en el sentido Craft Spells como en el de Low o el de los New Order recién nacidos de las cenizas de Joy Division. Las flores como nexo entre la vida y la muerte; símbolo de velatorios y entierros; lo que pervive sobre la tumba; lo mustio cuando no es regado, ajeno a los demás elementos: no podía ser de otra manera titulando así un álbum y abriendo con la canción “The Gravedigger´s Song”.

El impacto inicial es el de la estampida de una manada de elefantes de acero con disciplina militar. Al revés que otros compañeros de calaña parecida –obsesiva, viciosa, sórdida, pantanosa-, suena a blues urbano de diseño elegante, duro como una roca, pero que ha sido cortada limpia, de impacto seco y preciso, un punto por debajo de la lascivia del maestro Nick Cave con Grinderman, sin dejar esquirlas. De este bloque de granito –el ritmo sobre el que se repite “Gray Goes Black”– entrevemos fisuras, algunas bienvenidas –aún los momentos suaves se forjan desde lo marcial, como una “Deep Black Vanishing Train” que recuerda a U2– y otras más discutibles: un título tan descalabrado como “Ode To Sad Disco” contiene acordes acompañando la frase get down on my knees que deberían llevar por inercia a la de rain keeps falling down de “Don´t You Forget About Me” de Simple Minds. Todo cocinado junto al percusionista Jack Irons Red Hot Chilli Peppers– y Alain Johannes –colaboró en Queens Of The Stone Age y ya estaba presente en “Bubblegum”-, ambos de la formación hermana Eleven.

Aún viendo el álbum como un regreso necesario tras los coqueteos con la Campbell, pienso que el disparo de “Bubblegum” en su momento fue superior, cuando, en canciones como “One Hundred Days”, Lanegan esculpió su truco de brotar pletórico entre la bruma. Y soy feliz porque aún se aferra a los hábitos iniciales que han de perdurar para siempre jamás. If tears were liquor I´d have drunk myself sick, canta en “St Louis Elegy”. Si señor, cambian los años, cambian los siglos, y él, no sé si desde la misma destilería, aún se preocupa de proveer. Whiskey para el espíritu…mmm…santo.