Es domingo, ese día especialmente ralentizado donde todo sucede, o al menos así lo esperamos, a cámara lenta, indicándonos de paso lo absurdo de la vorágine del resto de la semana. Las cometas, en ascenso desde el parque, imploran cara al sol matinal en pos de una brizna de viento que las acerque a él. El azul del cielo es límpido, profundamente optimista, convidándonos a agradecer el mero hecho de poder contemplarlo. De seguir vivos.

No es la primera vez que Kurt Wagner trabaja bajo la premisa del suicidio; de hecho la carrera musical de Lambchop hace dos décadas partió de una temática similar –con “Soaky In The Pooper”– a la que ahora se ha vuelto a enfrentar para saldar la deuda moral –el homenaje de rigor que ha de rendir el amigo vivo al amigo muerto- contraída con Vic Chesnutt. Y esto es así porque nos lo indica él, pues su música y sobretodo sus textos siempre han sido lo suficientemente abiertos como para dar cancha a interpretaciones libres. Son éstas reflexiones poéticas espaciosas, que transpiran, más dadas a las brisas nocturnas –cuando los pensamientos adquieren dimensiones sin límites aparentes- que a las diurnas. De hecho pienso que Kurt no ha evolucionado con el paso de las décadas. Lo que sí ha hecho es perfeccionar su estilo, adaptándose al discurrir de la vida y a sus avatares personales; está perfeccionando el discurso de la madurez por la que atraviesa todo ser humano rumbo al destino final que a todos nos iguala. Versos como torpedos sigilosos, puñaladas dulces en la penumbra, siempre en espera –vuelvo a insistir quince años después: se palpaba ya en “How I Quit Smoking”-, del amanecer. Un poco como nuestros primos los simios que cada tarde, en India, van a los peñascos de la playa de Cabo Comorín para ver la puesta de sol, temiendo que la noche se eternice y al día siguiente éste no asome. A su manera, desde la primera grabación, he absorbido el aparente negativismo de Wagner –desolación emocional, el mar de dudas, la indefensión ante los reveses- en clave positiva: siempre deja un resquicio para seguir respirando. Enamorado o no.

Evidentemente las sensaciones de “Mr. M” (Merge 2012), enfatizadas en el recogimiento íntimo, el de la tristeza y la pérdida, se multiplican ante los arreglos minuciosos de su mano derecha Mark Nevers, que trabajó con Kurt ya en 1998 en su proceso de convertirse en uno de los productores más célebres de Nashville (y no solo de country: Tindersticks, Will Oldham, Andrew Bird, Silver Jews, The Clientele, etc). Además, tras el proyecto Kort, era poco menos que obligatorio profundizar en los decorados de orquestación sedosa –¿recuerdan a k.d. lang recuperando las texturas que para Patsy Cline fabricaba Owen Bradley?- de hace medio siglo, la que propicia el mismo estado de placidez que el más eficaz brebaje etílico, dejando flotar entre sus aguas mansas el tono confidente que dispara versos mortíferos; aparentemente inconexos tomados de dos en dos, pero con una tremenda carga en bloque. De haber llegado al principio del invierno y no al final –cuando de hecho nuestros cuerpos se están preparando para la primavera,-, no quiero siquiera imaginar la magnitud devastadora de sus efectos.

Ante la insinuación que “Mr. M” pueda ser un punto final en la carrera de Kurt Wagner –al menos bajo las siglas de Lambchop-, repaso mentalmente los distintos impactos de cada uno de los once álbumes oficiales, reconociendo que evidentemente los de la segunda mitad han causado menos estragos. De allí que Kurt, consciente de tener en el nuevo álbum un gran epílogo, veladamente apunte a un cambio de tercio. Si es así –yo espero que no-, nos enfrentaríamos a una de las carreras más hermosas y singulares –por coherencia, por cercanía, por humildad- que nos haya tocado presenciar. Lambchop no han llegado a un público masivo, pero sospecho que sí han llegado al público que querían. Repasando metacritic, los datos hablan: todos los álbumes que aparecen del grupo tienen promedios de puntuaciones profesionales muy por debajo de las de los usuarios (es un hecho normal, pero sin tanta diferencia). Sí, atrapan para siempre, y dejan a otros más ilustres en ridículo. Como ejemplo, escucho “Mr. M” y después el nuevo de Paul McCartney, para cerciorarme del abismo que media entre dos propuestas con ciertos paralelismos –escobillas, rastros de jazz– en la fuente de inspiración musical: la sensibilidad infinita frente al ejercicio de estilo chocho.

Cuando me pregunten a partir de ahora por mi disco favorito de una mañana de domingo, apuesto a que mencionaré éste. Que es el mismo que el del amanecer, y que el de la noche anterior sin sueño que conciliar.