No es gratuito ni está traído aquí para conjugar a vuela pluma las intenciones de esta entrada con la prosodia espiritual de los hacedores de “Misticíssimus” (K-Industria, 2011): la verdad –sin ataduras de ningún tipo, o con las menos- es que, hoy por hoy, la experiencia de ver en directo a Burruezo & Bohemia Camerata es sanadora. Por la pureza de sus intenciones, por la pasión desencadenada y por el cuidado en las formas, sean éstas más o menos híbridas. En tiempos donde manda lo casual, lo anecdótico y perecedero, se agradecen –qué digo: se necesitan- muestras únicas como ésta, empeñadas en hurgar en el subconsciente común para encontrar algo de lo que un día nos fue arrebatado o, quizá, se nos está arrebatando inexorablemente.

Pocos francotiradores a tumba abierta como el ex-Claustrofobia, un espíritu irreductible que, tras pasear el concepto de café-cantante –muy a su manera, dicho sea de paso- en “Barcelona Intimíssimo Café” o empezar a explorar en “Multaqa Antigua Contemporània” la vena más comprometidamente mística en la que ahora mismo se encuentra más inmerso que nunca, completa su última producción un libro de ensayos ad-hoc de reciente aparición que viene a desarrollar su visión cosmogónica –donde caben, entre otros, la fe, el eco-activismo y la preocupación por los avatares del ser humano- tomando como punto de partida cada una de las diez piezas incluidas en “Misticíssimus”. Aunque esas canciones –valientes, arriesgadas- ya de por si funcionan sin más soporte que el sonoro, la irreprimible necesidad de Burruezo de agitar conciencias, desentramar conceptos y pulverizar prejuicios hace que termine convirtiéndose en un corpus aún más rotundo y distintivo.

Consciente de que, en tiempos oscuros, no existe mejor fuente de inspiración a la que recurrir que los clásicos, nada mejor para ello en lengua castellana que San Juan de la Cruz en la muy sensual “Ebrios de amor divino, Al Kauthar” para abrir un disco que, independientemente de todo recargo conceptual, bebe aquí y allá de consejos y texturas en apariencia irreconciliables pero que, en manos de esa conjunción astral con forma de grupo que le acompaña, cobran sentido íntimo y duradero.

Quienes busquen hipotéticos anclajes de esta aventura con el grupo previo de Pedro baste con seguir las huellas de aquellas “Velvet nights” en “Tribulatiónibus” o “Hesiquia” –uno de los puntales emocionales más potentes del álbum-, aunque sólo sea por ciertos requiebros tonales que guardan similitudes con aquellos que trabajaran en su día los responsables de “Repulsión” (Justine, 1987). Entre ellos Antoni Baltar, felizmente recuperado en esta grabación aportando programaciones que se integran sin rubor pero también con total naturalidad en el conjunto. Parafraseando al propio Burruezo, transformando dicho conjunto en futuro, evitando mirar atrás con gestos falsamente arcaicos. Valiéndose de la tradición para construir una mirada propia y sincera. ¿Para qué? Para vaciarse (una vez más), que no es poco.