Como cualquier mortal, uno tiene su escala de preferencias: artistas –o músicas- que me caen bien, y otras que me caen menos bien. La poca presencia de Rufus Wainwright por estos lares evidentemente no es casual. Desde que empezó –y no quisiera pasar por homófono- me ha pesado en demasía el axioma “hijo de talentos artísticos + guapo + gay” debido a los clichés adosados tan volátiles que conlleva.

Esta vez sin embargo me rindo. Aún si haber averiguado con certeza qué demonios ha cambiado, he recibido “Out Of The Game” (Decca 2012) con brazos –y orejas- abiertos. Me ha entrado en seguida. Tendrá que ver con una mayor contención en los arreglos faranduleros; el ramalazo operístico ha quedado eclipsado por primera vez en aras de una mayor presencia pop. La inspiración melódica ha vencido a la pluma o, como bien resume Mojo, Rufus ha vestido canciones para matar, no solo para impresionar. Uno quisiera fundirse en la mecedora perfecta de “Barbara”, entre el brillo flotante de su bienestar. Algo así como cantando bajo la lluvia, o el final de un día sublime. No puede evitar a veces caer en el fiesteo –“Welcome To The Ball”- pero aún así intenta recargar lo justo –“Montauk”- en memoria de Gershwin, con un optimismo melódico a la altura del más optimista Sufjan Stevens. Yo diría incluso que superior.

Ayudan colaboradores renombrados que dan lustre al producto. ¿Puede haber contribuido Mark Ronson con su producción a limpiar lo barroco? Mucho más palpables son algunos acompañamientos vocales perceptibles desde el primer minuto en “Out Of The Game” (los asiduos Dap-Kings, Rose Elinor Dougall, etc). A medida que los temas se suceden, a la altura de “Respectable Dive”, empieza a imponerse la sensación de que Rufus ha descubierto, por fin, el placer de lo sencillo. Ahora mismo estoy enganchadísimo a tres cuartas partes del álbum, a su timing –los siete minutos finales fantásticos con “Candles”, la guinda- y, sobre todo, a su función reconciliadora con un talento enorme que, aún sabiendo que lo es, nunca, yo al menos, había podido disfrutarlo en la esencia de su plenitud.

PD. Hace unas semanas, de viaje por Asia, conocí a una británica que a su vez conoce a Guy Chambers –ex colega de Karl Wallinger en World Party-, quien ha colaborado en el álbum. Se llama Barbara, como la canción. 99´9% de probabilidades de pura coincidencia. Pero yo lo dejo caer. Por si acaso.