
Percibo, por distintas razones, un Primavera distinto este año. Se ha cambiado de lugar un escenario, suprimiendo el más cercano a la entrada, para con ello conseguir eliminar casi del todo la contaminación acústica entre recintos, a la par que se utiliza este vacío para adecentar la oferta gastronómica: eliminar también el pago previo para las bebidas ha ahorrado muchísimo tiempo en colas.
A nivel personal, problemas de salud me regatean tiempo tanto para asistir como para redactar. Llego tarde, con el final del set de Baxter Dury. Él, camisa de manga larga, corbata, pantalón de traje, y sus acompañantes –salvo la teclista, con vestido corto de fiesta que brillaba como los comprados en los chinos- un poco más casuales. Entre The xx y la música de su padre, con un punto reconstructivo en sus canciones que, en vez de desmembrarlas, las mantiene erguidas. Y con esa actitud –ya presente desde el acento- cockney chula. Hay cosas que jamás se pierden.
La austeridad escénica de Peter Wolf Crier, de Minnessota, así como su blues agrio, me pone en la punta de la lengua un referente que tardo un buen rato en recordar. Dispara el mismo minimalismo que Cold War Kids. Aguanto diez minutos para dirigirme curioso a Iceage, atraído más por la buena prensa del álbum que por su contenido. Pensé que en directo tal vez me aclarasen las dudas. No sé si la maraña sonora se debió a un problema técnico –perdían muchos minutos entre canciones- o es lo habitual, pero lo pastoso de su agresividad no caló. De hecho pienso que la asistencia fue buena porque muchos decidieron que había que dejarse ver por allí. Intentando ser positivos, recalcar que cualquiera de ellos –salvo el percusionista- con sus flequillos podrían actuar como figurantes de Leonardo Di Caprio, lo cual, viendo la figurita delgada del vocalista mientras intentaba asimilar su voz –gritos nivel Ministry, poca broma- era todo un contraste. Y esa brizna de acento rockabilly agazapado en algunos tramos de guitarra que no pillé en el álbum; siempre reconociendo que en su momento tampoco le di demasiadas oportunidades. Para desengrasar sin variar diametralmente de estilo, la profesionalidad de unos supervivientes como The Archers Of Loaf se digería mejor. Sol en los ojos, sin gafas –tan solo un par de gorros, quizás para disimular alopecias- y mucho músculo, en la wild side del rock independiente norteamericano; o en la melódica de lo que sea (si quieres, puedes llamarlo grunge).
Y llega una de mis citas esperadas de la velada, Grimes. Personalmente tenía en contra la mucha bola que le habían dado algunos medios. Ya favor, su trayectoria –en mi liga, insisto- de menos a más. Mucho más. “Visions” es un álbum total. Arranca con voz de niña repelente. This is the biggest show in my life, farfulla algo inquieta debido también a problemas de sonido (es lo que tiene cuando utilizas programaciones en vez de instrumentos convencionales: que no eres músico, y no puedes mantener la atención del respetable en caso de una anomalía). Lo solventó con una ocurrencia, se tiró agua por la cabeza. Y empezó el show. Con medio universo de tendencias presente, aunque sean días de low cost –esa coreografía con visos de espontaneidad-, disparó lo que las víctimas necesitábamos. Felicidad. Por algo la elegimos a ella en vez de a Afghan Whigs. Porque necesitábamos más “Oblivion” y “Genesis” y menos tortura. Mientras miraba su figura a la par frágil y exultante, mientras le perdonaba las torpezas y la mediocridad visual, pensaba en lo grandes que se pueden convertir los artistas si dan con la llave. Es el primer acto electrónico con ingredientes realmente populares en mucho tiempo. Ya era hora.
Por supuesto Greg Dulli, con su perfil helénico comandando una alineación de seis hombres de negro absoluto –la semántica de “Black Love”-, propició –los pocos minutos que le vi- un sonido más profesional que descarnado, con un despliegue de emociones pasadas que volvían gracias a impagables frases/estribillo: c´mon little Rabbit show me where you got it es una. La otra, don´t forget the alcohol…oooh baby.
Mi otra obsesión de la jornada era White Denim. Para disfrutar de su alucinante progresión como músicos. Una montaña rusa rítmica, cambiante, voluptuosa y de una velocidad de vértigo que contagia. La trampa que montan bajo y batería engulle todo lo demás y lo escupe en una espiral que atropella. Han sabido dirigir su espíritu naïf punk de los comienzos hacia un prog mutante y divertido. Se lo pasan en grande tocando y nosotros escuchando. La voz a veces pilla del blues de Led Zeppelin, otras va de retrobilly, e incluso en algún tramo suena a Paul Simon en un vuelo con turbulencias pilotado por miembros de Mahavishnu Orchestra cuando tienen el día libre. Y ese toque a veces sureño de guitarras les acerca al pueblo. Tremendos.
El resto del pescado, al menos en mi chiringuito, estaba casi vendido. Paré un rato en Wilco –ya los hemos visto unas cuantas veces por aquí- para constatar dos cosas. Que cada día tienen menos apego a las raíces. Y que me encontré rodeado de público francés. Preferí dirigirme a Beirut para constatar otras dos (o cuatro). La música de Zach Condon es muy apreciada por las mujeres. Una de ellas sin embargo me confesó que el chico está envejeciendo mal (será que ha perdido la cara de niño). Ahora en serio, el excesivo apego por los vientos –solo hay que ver el tatuaje donde acaba su muñeca derecha- le juega una mala pasada arreglística en directo a las melodías excelentes de “The Rip Tide”. Y puede que así gane un contrato temporal en cualquier rincón de la plaza Garibaldi en Mexico DF, pero no un abono vitalicio en mi memoria. Me fui a dormir contrariado.