No me gustó el arranque del sábado. J. Tillman, alias Father John Misty, dio la razón a quienes dudan, tras numerosos álbumes, de su talento. Salió con la camisa medio desabrochada, solo guitarra acústica, y una pronta disposición al chiste de chulo pagado de sí mismo. No voy a entrar en la valía de su sentido del humor en los textos, pero he apuntado que mencionó a Jesucristo en cuatro canciones, la palabra fucking en tres y a The Rolling Stones en dos –de hecho, una pieza disfrutó de los tres a la vez-, así como una calcada a trozos a “The Ballad Of John And Yoko”. Quizás la verdadera culpa en el fondo fue de unas piezas sin capacidad de calar, al menos en directo: aún no he escuchado su bien recibido nuevo álbum.

Tras un rato –poco al sol achicharrado, algo más sentado en la sombra- de Refree –cuyo aroma mediterráneo me parece que pierde cuando se mezcla con la parte más convulsa de su vertiente jazzística-, acudo a uno de los platos fuertes del día: Sharon Van Etten. Casi me emocioné una hora antes viéndola ensayar desde la distancia, y a nivel musical pienso que hizo un concierto notable –la acompañaba Heather Woods Broderick, hermana de Peter-, avalada por un trabajo de la solidez de “Tramp”. Me molestó sin embargo –tampoco sé muy bien por qué, si ni me va ni me viene- un hecho, al menos en mi experiencia, sin precedentes. Acostumbrados como estamos al discurso zalamero de los artistas cuando mencionan el lugar donde están tocando, de pronto suelta this is the ugliest place I´ve ever seen. Podría referirse a la vista industrial de las incineradoras que tenía desde la tarima del San Miguel, pero luego se entretuvo con puyas veladas a la ciudad hasta llegar a insinuar que jamás volvería (tampoco sería grave, Barcelona ha sobrevivido siglos sin ella). Intuyo pues cierta disfuncionalidad, ya que una persona de su demostrada sensibilidad –aunque lo pensase, podría habérselo callado elegantemente- quedaba de pronto devaluada como tal. A menos que el maltratador fuera catalán.

Suerte que Jeff Mangum se encargó de cambiarme el humor, rompiendo el protocolo desde el principio –al invitar a la gente a dejar los asientos y acercarse a primera fila- antes de ejecutar un repertorio infinito –la desnudez implica visualizar la belleza natural- a través de su estilo precario. Una voz y una manera de rasgar la guitarra personal: hay talentos que lo llenan todo con solo eso, y otros que jamás lo harán aunque les respalde toda una filarmónica. Viéndole entiendo más sus canciones, su flujo y su nervio, agradecido de que no sea un tipo normal (la disfuncionalidad positiva). One day we will die/ and our ashes will fly/ from the aeroplane over the sea/ but for now we are young/ le tus lay in the sun/ and count every beautiful thing we can see. Gracias por todo, Jeff.

Girls Names, sin ser extraordinarios, cumplen con la misión de mantener los ritmos noir post Joy Division –y post “Killing An Arab” de The Cure– en un nivel disfrutable para quienes gustan de mover los pies a golpe de tendencias (tienen incluso un guiño a la tonadilla española en un tema). Al terminar éstos, mientras pasaba d refilón por el set de Atlas Sound, escuché la otra versión, en las antípodas de la Etten, cuando un Bradford Cox casi emocionado se confiesa adicto al festival y a la ciudad. It´s my annual vacation, it clears my mind. Su agradecimiento me pareció de lo más sincero. Enfilé la cuesta para comprobar en dos canciones la conversión de The Kings Of Convenience a una especie de soft disco antes de pillar un bocado camino de Josh T. Pearson.

Que alguien pueda imaginarse, escuchando “Last Of The Country Gentlemen”, un concierto de sensibilidad máxima –acojonante cuando bajaba la voz y las guitarras al mínimo en un susurro casi imperceptible acorde con el discurso demoledor, hacia las tinieblas más inquietantes de nuestras emociones-, es comprensible. ¿Pero puede alguien imaginar un tejano barbudo, con cara de haberle venido los amores del revés, de pronto desengrasar tanta trascendencia recurriendo a varios chistes con las mamadas como tema estrella? Impagable.

El contrapunto deberían haberlo puesto Saint Etienne. Les vi durante cinco minutos capear la poca asistencia con el glamour de Sarah Cracknell, antes de acudir a Chromatics, que después resultará ser la propuesta actualizada de los anteriores. ¿O debería decir que van a ser en un futuro más bien cercano el equivalente de los Pet Shop Boys para gente que se mete? Es lo que tiene el Primavera cuando llega la media noche y se llena de gente que viene a consumir sin importarle demasiado la banda sonora (con tal de que se pueda bailar). Imposible centrarse en lo que acontecía sobre el escenario. Empujones, golpes y ojos con el fondo vacío. Menos mal que Chromatics tuvieron el buen criterio de terminar su actuación apelando a la versión de “Into The Black” de Neil Young. Prefirieron la serenidad al trance, la identidad a lo físico. Aún tocaban arriba Saint Etienne –que por cierto en su día también hicieron versión de Neil Young– mientras enfilaba la salida. Aún seguía el ambiente alicaído. Recurro a la camiseta de The Chameleons del día anterior. Suele ser así cuando cambian los tiempos y no cambian las personas.