
Escuchar a Thee Brandy Hips, al menos en mi caso, invita a apelar a la tradición pop en acepciones múltiples.
En primer lugar, la tradición pop de Donostia. Incluso más allá del Donosti Sound: la de Duncan Dhu y Mikel Erentxun, poco complicada y derivada de unas almas que, a golpe de lluvia, aprecian la espectacularidad de un día soleado. Se incrusta en los poros abriéndolos, para que transpiren lozanos mientras absorben la vitamina D de la melodía.
Después está la tradición del pop original primigenio; del primero que se autoproclamó como tal tras la eclosión del rock & roll: Brill Building, grupos de chicas, etc. Puede a día de hoy disfrutarse a través de los filtros que impone el presente en nombres tan distintos como Spectrals, Best Coast o Richard Hawley. El perfume añejo se consideraría tangencial en el caso de Thee Brandy Hips si no fuera porque esos acordes vintage, por disimulados que queden, son eternos.
Y está también la tradición post punk, tímidamente desarrollada al principio por bandas que decidieron desabrochar el imperdible –Squeeze- abriendo vías –junto a otras menos valoradas, como poco después Haircut 100- para que finalmente se dignificase el pop: ahí, entre el sol que se levantó con el sello Postcard, marcó el sur con C86 y de deslizó rumbo a poniente con Sarah, hay mucha miel –pero mucha: repásense los posts de Razorcuts y Brighter- para endulzar a millones de almas benditas.
No sé si ellos estarán de acuerdo con estas apreciaciones. Ni sé si les gustará que algunas piezas de su segundo álbum “Raincoat” (Young Hipster 2012) se sometan a comparaciones peregrinas –los nutrientes crepusculares tipo The Clientele de “Dissolve Your Love In Water”, los ritmos quebradizos de Vampire Weekend de “Overexposed” y “Ice Cream Ballad”, o el nombre de “Shoegazing” que no engaña-, o que se recurra a tópicos como verano, frescura y chapuzón –la portada contribuye lo suyo- para definirlos. Y tampoco sé si se han dado cuenta pero, al hacer un álbum que a ellos les gustase, han conseguido un álbum que nos gusta a todos –al menos al 90% de los que conozco que lo han escuchado- porque nos hace arrimarnos, durante unos instantes, a la felicidad.