
Nunca he conseguido explicarme del todo por qué un estilo suena caduco durante quince años –siempre bajo el punto de vista de las tendencias, por supuesto- y de pronto vuelve a cuadrar gracias a una nimia vuelta de tuerca. Le venía dando vueltas al asunto desde hace un tiempo –Ariel Pink, John Mouse- cuando la aparición de “The Russian Wilds” (American Recordings 2012) de Howlin Rain lo subraya con mayor precisión. Diez años atrás ese soul bastardo de la bahía de San Francisco hubiese quedado en pura anécdota, como fruto de un achuchón de Ethan Miller cuando tiene el día más blando que en Comets On Fire.
Desprende algo el álbum que no obstante lo transporta al presente por encima de sus referencias. La voz de rock progresivo a veces se recrea sobre bases de guitarras seventies –prefiero el adjetivo temporal que empezar a hablar de acordes sureños, blancos o negros, etc- sin complejos: el recado se envía desde el principio con los ocho minutos de “Self Made Man”, mientras se confirma el todo vale en la pieza siguiente –“Phantom In The Valley”- cuando decide rematar la faena con vientos y ritmo hispanos de escuela Santana. Pero, como en el caso de The Black Keys, la negritud de las raíces –blues por todo lo alto en “Cant Satisfy Me Now” y “Walking Through Stone”- no se discute. Para que esta parte del pastiche no se parezca a Simply Red, dos nombres importantes en la producción: Tim Green, cuyo currículo cuenta con Sleater-Kinney, Melvins o Sleepy Sun, ejemplos de música que no se borra con disolventes. Y Rick Rubin, todo un maestro desnudando sin socavar la dignidad. En el apartado de parabienes, ver que han buscado un referente en el pasado muy apropiado para definirles (a través de la versión de “Collage” de The James Gang). En la hoja de reclamaciones no obstante tal vez debería mencionarse en “Strange Thunder” ese falsete deudor de Queen.