La voz es un elemento tan importante en la identidad de un grupo que muchos consumidores del mercado pop jamás asimilaron la existencia de formaciones esencialmente instrumentales.

Pongamos el caso de los daneses Choir Of Young Believers. Practican una música de influencias diversas –siempre dentro del marco del rock del nuevo milenio- pero la voz de Jannis Noya Makrigiannis se parece tanto a lo que suena en Fleet Foxes y My Morning Jacket que, aunque tengan poco que ver, quedan encasillados en la misma estantería. Porque cuando desprecintas “Rhine Gold” (Ghostly International 2012) y escuchas “The Third Time” y “Sedated”, solo percibiendo las tonalidades afines a Robin Pecknold o Jim James, apenas te fijas que la mezcla de arreglos electrónicos sobre estructura folk podría encajar en el referente de Arcade Fire. O que es un mérito que las piezas se desarrollen largas –algunas llegan a los diez minutos: más o menos dos por cara en doble vinilo- y pasen como una exhalación. O que la vertiente germana de “Paralyze” podría enseñarse en las facultades de música como ejemplo de buen gusto multidisciplinar. O que incluso se atreven a poner un pie en los eighties más engorrosos –“Patricia´s Thirst”- con teclados y guitarras rememorando –pudiendo haberse ceñido a Roxy Music- a los ínclitos Duran Duran.

Resumiendo, “Rhine Gold” no es material rompedor pero, al igual que otros productos ajenos al típico sello made in Usa o UK –me estoy refiriendo a europeos del norte, australianos y canadienses-, suplen la falta de padrinos con la dignidad de lo inclasificable.