“Fold In The Wind” (House Of Wolves). No conocía el trabajo de Rey Villalobos. Me recomendaron este álbum efusivamente y lo escuché. Como si fuese el primer disco de mi vida, durante varios días quedó instalado en el reproductor a modo de menú que me alimentaba y me aportaba la energía imprescindible para seguir respirando a través de los ojos de los altavoces. Es sobrecogedor cuando te aísla entre resonancias –el arpegio de acústica de “Jealous”, el piano nostálgico de “Acres Of Fire”, la fragancia seca de “There She Goes” o la más húmeda de “Follow Me”– de un intimismo mucho más allá de Mazzy Star. Con un cuidadísimo diseño para la edición española de Moonpalace a modo de tesoro. No hay palabras para describir la fascinante –por simple- conexión entre sonido y diseño gráfico. Un clic que, cuando se produce, da razón a quienes siguen pensando que la industria discográfica no morirá si las cosas se hacen bien. Sublime chute de melancolía. Un lujo.

“Back & Forth” (Iñigo Ugarteburu). La proliferación de álbumes semiinstrumentales con trasfondo paisajista de folk y electrónica en Foehn –o cuando Four Tet tiran a Tunng mezclando drones y acústicas- jugó en principio en contra de Iñigo, por supuesto injustamente. “Back & Forth” es una humilde y a la vez grandísima maravilla a la que le pegan todos y cada uno de los adjetivos –delicado sutil, atmosférico, paisajístico, penetrante, precioso, otoñal, ingrávido, sigiloso, cálido, emocionante- esgrimidos en la hoja de prensa por Quim Casas, ante los cuales poca cosa puedo yo añadir, salvo un par de líneas insistiendo efusivamente en su adquisición.

“Entusiasmo” (Tórtel). No es Jonathan Richman compartiendo mesa con Albert Hammond en el sur de California mientras especulan con arreglos maliciosos para una supuesta producción de José Luis Perales, puesta al día, incorporando las últimas tendencias –esa guitarra en “El Héroe Del Río” me hace pensar que ya va siendo hora de admitir la repercusión de Vampire Weekend en el pop actual- a estribillos felices que, de tan obvios, no incitan al elogio. Hala, he conseguido decirlo todo en una sola frase. Parece sencillo, aunque no lo es tanto. Como lo de Tórtel. Y destacar que el acordeón de Abraham Boba en “La Guerra Fría” la pone un punto por encima de las demás.