“A Wasteland Companion” (M. Ward). Matthew se ha instalado en la zona confortable del pentagrama. Música de hace medio siglo, excelentemente plasmada. No ha sido el primero –la referencia a Marshall Crenshaw en un post anterior dedicado a Ward- ni será el último, solo se le pide –cosa que cumple con creces- que aporte su personalidad musical. Destaca esta vez otro cónclave de músicos delicioso –Howe Gelb, John Parish, Steve Shelley- que se toman la aventura como un respiro intrascendente, avalados por la elección impecable –“Sweetheart” de Daniel Johnston, “I Get Ideas” de Louis Armstrong- de un Ward que parece querer recuperar parte de la frescura roots de los primeros álbumes –“Pure Joy” es muy vaquera- a la hora de encarar el ideario de Buddy Holly. Y, aprovechando la desgraciada circunstancia, está dedicado al fallecido Alex Chilton. Quizás esté imponiendo, sin querer, la idea de que todas sus canciones son buenas aunque siempre haga lo mismo, y que el próximo álbum seguro que saturará. Para gustos, colores: Ry Cooder, también trufado de revisionismo, nunca hacía dos discos iguales. J.J. Cale en cambio casi siempre repetía el mismo patrón. Ambos gustan por igual.
“Port Of Morrow” (The Shins). Aún reconociendo su valía, a mí The Shins no me entusiasmaban –les sigo viendo como un grupo menor que se ha convertido, amparado en el tiempo, en clásico-, de modo que no he percibido esta sensación extraña que se apodera del fan cuando su grupo favorito, tras casi dos décadas, se separa de mala manera, prevaleciendo la sospecha de que quien se queda con el nombre no está del todo limpio. Porque bajo esta premisa pesaría mucho enjuiciar el álbum en el que James Mercer –que ya dio aviso de las grietas grabando con Danger Mouse en Broken Bells- se ha quedado solo como miembro original. Me gusta Mercer cuando combina los aires de la tierra con una buena construcción pop, como por ejemplo aquí “For A Fool”, “It´s Only Life” o “40 Mark Strasse”.
“Break It Yourself” (Andrew Bird). Si he conseguido argumentar comparaciones entre Ry Cooder y M. Ward, tampoco me ruboriza meter en el mismo cajón a Bird. Los tres aman y miman la esencia de la música; sus raíces y su armonía. Unos lo hacen con guitarras, éste con violín y/o silbando. Más acertado o menos con el acabado final, siempre consigue trasladar al oyente un cariño solo al alcance de los privilegiados (por no decir iluminados). Sus armas no son el despliegue eléctrico sino la sutileza. Sí, ya sé que a veces también toca palos semejantes a otros como Rufus Wainwright, pero está en las antípodas de su talante. Modestia y low profile para seguir dentro de diez o veinte años –“Lusitania”, “Orpheo Looks Back” o la inmensa “Hole In The Ocean Floor”- sonando a pura naturalidad. Como hundirse en una montaña de algodón de azúcar rosa.