El progreso, acotado a la música, me ha convertido en un incrédulo. Nada es lo que parece, y no solo me refiero a los directos. Grabaciones plagadas de samples, máquinas que convierten secuencias de tres notas en toda una canción: me ha costado mucho asimilar la evolución de los últimos diez años. Como contrapartida, apelando a la máxima –el fin justifica los medios-, he llegado a la conclusión de que, si me gusta lo que suena, me da igual cómo se ha conseguido.

Por eso ni me asombra ni me induce a vanos reproches el hecho de dudar que “Oshin” (Captured Tracks 2012) de DIIV sea un producto de banda, y no solo de un solo músico de Brooklyn llamado Zachary Cole Smith. Lo que cuenta es la intensidad desplegada por una combinación de arpegios de guitarra sobre la base rítmica. Aflicción y alegría, velocidad y melancolía, debatiéndose entre pasado y presente mientras la espiral que todo lo engulle –de fauces hipnóticas casi africanas- demuestra una vez más que se puede ser imaginativo con medios escasos en tiempos de ahorro. ¿Cuesta soñar con Deerhunter haciendo versiones, muchas de ellas instrumentales, de piezas de “Kilimanjaro” de The Teardrop Explodes? Basta con una percusión y un ritmo tenaz. Y una telaraña de seis cuerdas en la que se enrede nuestra cada día más atrofiada sensibilidad. Compra.