Siento una admiración profunda por la gente que sigue invirtiendo –esfuerzo, ilusión, dinero- en música, sobretodo cuando disfruto de trabajos como “Agustin” (Moonpalace 2012) del portugués Francis Alun Bell: los implicados merecen una recompensa divina por el atrevimiento de publicar este triple CD en una caja negra preciosa.

Leo que, cuando Francis, tras mostrarle las tres grabaciones, le preguntó a Juanra de Moonpalace cuál de ellas quería publicar, éste le respondió que todas. No me extraña. Puede que por separado tengan sentido, pero juntas aún tienen más. Es música sin tiempo, instrumental, casera e íntima, fraguada mayormente sobre la batuta del piano y dividida en piezas cortas bautizadas casi siempre con nombres propios, a caballo entre los primeros The Montgolfier Brothers –por cierto, pronto Mark Tranmer presentará nueva grabación- y el Yann Tiersen menos folclórico: secuencias que buscan a través de instrumentos nobles el efecto repetitivo de la electrónica, a veces incluso acercándose a The Russian Futurists o Mark Elliott.

El primer CD, “At Any Given Time”, se grabó en 2010 con la excepción de tres canciones (dos del 2009 y una del 2006), y cuenta con una versión de “Rainbowarriors” de Cocorosie. Es el más variado, con la entrada de “Marcenda” resaltando el júbilo y la vida. “Scottish Drums” subraya aún más –es cantada- el espíritu bondadoso. “All The Girls”, el segundo CD, es la respuesta digital a un EP de cinco canciones –totalizando trece minutos-, grabado a mediados de 2011, con un romanticismo cortesano versallesco; de hecho “Rosemary”, “Rita” y “Sylvia” discurren al trote de tres por cuatro característico del vals: cierto, las cinco tienen nombre y perfume femenino. Por último, “All Of You” consta de trece títulos más grabados en otoño de 2011, mostrando sutilmente la evolución de su autor. Asoman drones –alguna pieza sobrepasa los ocho minutos- y morriña atlántica celta, que te abrazan de puntillas con su delicadeza sigilosa.

Me gustaría ver la estancia donde Francis Alun Bell compone. Dónde se inspira. Si hay ventanales, si se ve el mar o el prado, si predominan los días claros o grises, para comprender cómo surgen esos instrumentales de sal y almíbar. “Agustin” podría servir, como otros artilugios de su calaña, para hacer de telón de fondo de tus cosas; no molesta. Pero hay algo en él que va más allá, que, al revés, reclama toda tu atención porque, además de inspirarte, te transporta a un eslabón más elevado, paralizándote hasta conseguir que solo estés interesado en sumergirte en su universo. A la vera de la perfección sensorial se acercan muy pocos. Francis, ¡qué descubrimiento!