Es Bill Fay uno de los ejemplos más anómalos y alucinantes del negocio musical. Publicó dos álbumes entre 1970 y 1971, casi desapareció durante cuarenta años –treinta si se cuenta el fallido “Tomorrow Tomorrow And Tomorrow” de Bill Fay Band en 1981, de escasísima difusión-, publicando este verano “Life Is People” (Dead Oceans 2012). Solo pensar en la evolución –física, mental y emocionalmente- desde los veintimuchos a los casi setenta me estremece. ¿Cuántos álbumes ha grabado Bob Dylan durante este tiempo? ¿Leonard Cohen? ¿Randy Newman? ¿Van Morrison? Toda una vida resumida en doce composiciones.

Menciono a estos cuatro porque hay algo de todos ellos en el álbum. Voy primero con la comparación con Newman, por –aparentemente- más frugal. Se detecta primero en la fotografía de la portada –que viene a ser como la de “Sail Away” si le sumamos tres décadas- y después en la simplicidad de las estructuras utilizadas como andamiaje de los temas. La comparación con los otros tres tiene que ver con el fervor; con el halo religioso de casi todo lo que suena aquí. No sé si se llega a este estado a medida que la edad avanza –Morrison-, a través de una revelación –Dylan– o se nace ya así como Leonard Cohen. Si lidiar con el concepto de la muerte es un asunto que tarde o temprano trae de cabeza a la mayoría de los humanos, hacerlo con la lucidez y emoción de Fay está por encima incluso de los citados a modo de división de honor. Desde el mismo título, toda una proclama de quien mira atrás y sopesa lo vivido limitándose a un simple asentimiento con la cabeza, hasta el epílogo impresionante de quien mira hacia delante consciente de que, pese a no ver el final, presiente que mejor seguir mirando a su espalda: hay que estar muy preparado para afrontar el viaje más incierto. Soon you´ll be leaving for the coast, but it´s a coast no man can tell, It´s the end of life on this earth, and my brother I deeply fare you well. Y se necesita una extraordinaria lucidez para saldar la mejor canción del álbum –y qué demonios, de todos los tiempos: “The Never Ending Happening”– con una moraleja tan edificante: the never ending happening, of what´s to be and what has been, just to be a part of it, is astonishing to me. Solo voz, piano y chelo. El canto a la vida. Y la vida es la gente. Life is people. Brutal brutal brutal.

La exaltación con que me llegan estas canciones supera cualquier definición. Descontando algún momento tipo Mark Knopfler tocando para Bob Dylan en “Slow Train Coming” –como “City Of Dreams”-, casi todo el resto pone la piel de gallina –aún sabiendo de la influencia de la literatura jesuita en el autor- desde la primera nota. Esta devoción agradecida de “The Healing Day” y “Thank You Lord”, los coros entre el recogimiento y la plegaria gospel de “Be At peace With Yourself”, incluso la versión de “Jesus, Etc” de Wilco –por cierto, Jeff Tweedy, uno  de los valedores de su regreso, apoya vocalmente en “This World”– gana en profundidad con la tendencia de Bill al recitado. Son composiciones todas que te gustaría escuchar en tu funeral: lo que se dice un clásico. En todos los sentidos. El arte de la madurez, de la convicción y de los principios (tocan Ray Russell y Alan Rushton, ya presentes en las sesiones de 1971), o cuando el resto de la música que devoramos a diario se ha convertido de pronto en intrascendente.

Al Paddy McAloon de “Jordan: The Comeback” me dirijo: escucha y aprende. Para que, cuando llegues a la edad de Randy Newman, Bob Dylan, Van Morrison, Leonard Cohen y Bill Fay, les superes.