Ya con “Nostalgia, Ultra”, embrión de álbum que se comercializó con la etiqueta de mixtape, Frank Ocean demostró que quería jugar con reglas académicas. Sí a las máquinas, pero sobre todo un sí rotundo –quizás porque tenía confianza plena en su abanico vocal- a las formas del soul que hace cuarenta años intentaron escaparse del corsé clásico Atlantic/Motown/Stax para buscar nuevas maneras con que expresar las inquietudes –sociales, afroamericanas- de los nuevos tiempos norteamericanos.

Llevo hoy ya tres repasos seguidos a ese monstruoso primer álbum “Channel Orange” (Def Jam 2012) intentando descifrar cada una de las infinitas claves que el autor pone a mi disposición. En cada rincón de cada canción hay un guiño donde aferrarse. Globalmente me recuerda la combinación de densidad y elasticidad del Stevie Wonder más expansivo, el del piano eléctrico en primera línea –“Talking Book”, “Innervisions”, incluso retazos del exhaustivo “Songs In The Key Of Life”– cuya fecundidad en su día me pareció sobrevalorada, y que actualmente se echaba tanto de menos como para correr a abrazar sin reservas a Frank Ocean. Su reivindicación de algunos valores de aquel soul renacentista se pone enseguida sobre la mesa con el falsete magistral de “Thinkin  Bout You”: aquí no se bromea en vista de una voz auténticamente negra pulsando todos los resortes del género ancestral. “Sierra Leone”, con ráfagas de orquestación suntuosa tipo Isaac Hayes, teje una telaraña de laxitud placentera que va y viene en canciones posteriores.

A toda esta riqueza y variedad instrumental –que utiliza solo lo imprescindible de los samples-, cabe añadir una sensibilidad temática –insisto: social, generacional, racial- de amplio abasto. En “Sweet Life”, mientras repite el título, Frank te hace sentir lo dulce que para algunos es la vida (`the black Beverly Hills/ domesticated paradise/ why see the world/ when you got the beach´). Y en “Super Rich Kids” apunta a la –mala- cabeza y al bolsillo (`super rich kids with nothing but fake friends/ too many rides in daddy´s jaguar/ too many white lies and white lines´), entre bajos retozones y la lógica aceptación –tratamiento The Weeknd o James Blake en “Pilot Jones”– de la demanda estilística actual.

Todo ello sin embargo no llegaría con semejante fuerza si los pequeños detalles no brillasen tanto, como la entrada universal de “Fertilizer”, el estribillo fácil y tropical –aunque triste- de “Lost”, o “White”, un  instrumental corto de guitarra estilizada –cortesía de John Mayer,  seguramente también partícipe de la mención al Dalai Lama en “Monks”– que precede en una canción la finura del lamento vocal de “Pink Matter”. Y, aunque no sea la última pieza, dejo para el final “Bad Religion”, tan cautivadora como las demás pero con una frase que, no sé si estoy descontextualizando acertadamente o no –es que me da igual-, sirve para cuestionar cualquier rezo de cualquier credo: `if it brings me to my knees/ it´s a bad religion´.

Un mea culpa a modo de epílogo. Cuando Frank Ocean hace unos meses apareció en todos los papeles confesando su sexualidad  -salir del armario te puede costar muy caro en el mundo del hip hop-, pensé que debía estar a punto de publicar un álbum. Tretas típicas de la industria. Ahora, después de escuchar “Channel Orange” durante semanas y apreciar su candidatura ganadora de álbum de soul moderno de la década, pienso que no le hacía falta. Lo hizo público porque lo sentía así.