La naturaleza de Grizzly Bear siempre ha estado en entredicho; su razón de existir y su visible invisibilidad. Como el oso grizzly, como el Guadiana, o como muchos de los tramos musicales que ejecutan. Un ente democráticamente tetracéfalo, producido por una de sus cabezas más pensantes –Chris Taylor– que, por no sonar cohesionado, es de las sociedades del rock que aportan una sensación de mayor solidez musical. Pasan los años y siguen jugando al peligrosísimo juego de las ambivalencias: sus canciones por un lado arremeten complejas, como muy trabajadas –incluso mentalmente- pero por otro fluyen –con un espíritu de jazz– abandonadas a merced de una inercia natural, pactada o simplemente consecuencia del rebufo del destino. Y una cuestión a debatir: ¿ha perdido o no feeling la banda, víctima de los proyectos paralelos?

Sigo pensando, como seguidor de su discografía desde el inicio, que nada de esto es relevante. Mi relación con cada uno de sus álbumes ha sido distinta al principio e igual a la postre, de sorpresa el primer día y de –con esfuerzo- comprensión ante un proceso que, por muy evolutivo que pretenda ser, siempre acaba recompensando con el mismo regalo sin precio: sensibilidad. Revestido de una capa barroca, cierto, a veces difícil de traspasar. “Shields” (Warp 2012) sigue en la misma línea, recia y regia, como otro peldaño de la escalera hacia la plenitud. Tal vez le falte una pieza de inmediatez contrastada –como “Two Weeks” en “Veckatimest”, seguramente la única- pero esto solo viene a decir que no es cierto que cambiasen la estrategia en busca de popularidad, como algunos se atrevieron a insinuar. Siguen sin tener reparo en experimentar bajo la superficie, cuando el meollo del álbum se torna denso y pierde algo de vistosidad, compaginando el calor de una banda viva –fantástica la percusión, grave pero melódica, de “A Simple Answer”– con –Nat Baldwin al contrabajo- la fría escrupulosidad de los músicos de sesión. Y no es que sean nada cobardes o muy valientes eligiendo su camino: es que son así. Fabricando música ajena a las murmuraciones. Muchos les han comparado a Radiohead –la riqueza del vacío cercana a los de Oxford en “Yet Again”, además del estribillo inspirado en Fleet Foxes-, algunos más atrevidos a Genesis –el sinfonismo insultantemente bello de “Half Gate”, la vocalización de Edward en “Speak In Rounds”-, con un retintín peyorativo que sin embargo otros recibimos cual un halago.

¿Su mejor álbum? Ni por asomo. ¿Cuál entonces? Yo diría que todos. Empezando por el primero.