Hubo un tiempo en que la palabra supergrupo producía sarpullido, seguramente porque entonces la interacción se efectuaba entre miembros de bandas populares. Las cosas han cambiado y, al igual que el divorcio es común, también lo es una canita al aire con otros músicos amiguetes, incluso entendiéndose algunas relaciones como la asociación de unidades para un proyecto concreto temporal: ni los nudos son tan férreos ni los egos tan irritantes.

En cualquier caso, aunque la mayoría del público se interese por Divine Fits debido a la presencia de Britt Daniel de Spoon, mi interés tiene otro nombre y apellido, Dan Boeckner, cuya pasión vocal descubrí hace años en Wolf Parade y volvía a disfrutar el año pasado con Handsome Furs. Ellos dos, más Sam Brown de New Bomb Turks, han sacado adelante esa pequeña gran obra de pop sintético que es “A Thing Called Divine Fits” (Merge 2012). La percusión de Brown, prominente, insistente y omnipresente, juega con los arabescos vocales y las picaduras de guitarra de Boeckner, en un pentagrama seductor casi funk que recuerda, en las dos terceras partes del álbum, a Prince. A un Prince divertido, seco y vacilón –no me digan que “Kiss” no lo era- que se hubiera metido en un estudio de grabación mientras ejercía de turista en Berlin. El fervor de la percusión machacando –“Like Ice Cream”– va más allá de lo negro y de lo alemán, “Would That Not Be Nice” y “The Salton Sea” hacen contorsionismo sexy, e incluso se permiten una versión de “Shivers” del difunto Roland S. Howard que, casi más por lo que significó para su autor –su canto de cisne pop antes de pasar de The Boys Next Door a The Birthday Party– y éste para la música australiana, literalmente provoca escalofríos en la espina dorsal. Gran recuperación en un álbum de lo más –más que LCD Soundsystem por encararse en clave rock– divertido.