“Quarantine” (Laurel Halo). En muchos tramos la música invita a relajarse, pero es un reposo ficticio. Laurel Halo se encarga de mancharlo de desasosiego. Los juegos de voces de “Years” sobre moqueta de algodón; la combinación sugerente de éstas en “Thaw” con percusiones diluidas en la lejanía debido al efecto de los teclados; esos coros disco –largando esporádicamente just wanna be with you– sobre un mantra gregoriano en “Carcass”; la burbuja de teclados de “Nerve”, puro momento de plasticidad pero difícil de cantar bajo una ducha que, sufriendo las subidas vocales, predice que el agua saldrá fría. El hecho de que uno nunca se sienta cómodo, unido a una especie de atracción fatal remachada con un final compasivo, obliga a reescucharlo una y otra vez.

“Swing Lo Magellan” (Dirty Projectors). Aunque el cambio cortante y drástico del primer tema induce a pensar que poco ha cambiado, creo que David Longstreth por primera vez propone un acercamiento sincero a las formas asequibles de pop. Con un esfuerzo doble, en pos de reconocimiento por un lado, y para mantener la identidad transgresora en el ensamblaje de los elementos por otro. De modo que sí, algo ha cambiado. Y para bien. Disonancias cada vez menos protuberantes, armonías fáciles al otro lado de la cortina, intuyéndose, percibiéndose, casi palpándose, mezclando todo lo que pasa por la cabeza del autor –blanco, negro, acústico, africano, musicales fifities, etc-, a veces en una misma canción. Es lo más cercano a un Longstreth feliz que –hasta ahora- he escuchado. Ha buscado una nueva baraja, y parece que le ha entrado una buena mano.

“Nootropics” (Lower Dens). Como una flor, Jana Hunter se va abriendo poco a poco mientras avanza el álbum. Empieza disparando sigilosamente la metralla –“Brains”– como Stereolab, para pasar de la goma elástica al acero –“Stem”– sin interrupciones. El recorrido se consolida con la fascinante “Lamb”. Es la P.J. Harvey de los primeros discos pero sedada, que mortifica desde la contrición sabiendo que lo fácil hubiera sido desde el exceso. “Lion In Winter pt 2”tecno pop retro, o cuando Orchestral Manoeuvres In The Dark claman a gritos reivindicación- provoca una sonrisa que se torna –“Nova Anthem”– mueca de asombro ante la voz extasiada. Lo único que no me convence y rebaja a la diosa a nivel mortal es el epílogo: no es que “In The End Is The Beginning” sea una canción típica –a lo Thom Yorke sórdido entonando como Jim Morrison en el debut con “The End”-, sino que son típicos de otros artistas con pretensiones los doce minutos que dura. El otrora sobresaliente se queda en notable alto. Altísimo.