“The Shallows” (I Like Trains). Trepa con la misma sutileza con que se pronuncia cada sílaba de los textos sobre ritmos generalmente tranquilos aunque persistentes. Podrían –“Mnemosyne”– ser Tindersticks con arpegios de Foals si no fuera porque sobran estos últimos. De hecho son como Tindersticks sin violines, disfrutando del mar de solemnidad solo al alcance de los elegidos –cruce entre The National y Smog-, y esquivando las excusas para lloriquear. We will burn in hell for this. Además con un discurso bien hilvanado –the rabbit hole en “The Hive” e “In Tongues”– se torna conceptual. Probablemente, junto al de Trust, el álbum que más injustamente se me pasó por alto cuando se publicó a principios de año. Me alegro de haber caído en la madriguera del conejo.

“TRST” (Trust). No hay que fiarse de las apariencias. Con los referentes oscuros en primer plano y una portada digna de un Marilyn Manson low cost, el único motivo para enfrentarse al álbum es el paraguas de Austra, donde milita Maya Postepski. Podría ceñirme al trepidante “Dressed For Space” como ejemplo de su increíble drive que te lleva en volandas, pero todo el álbum, sobre todo en su primera mitad, más terso o más tenso, contagia por la perfecta conjunción entre ritmo –bailable- y músculo. Entre Alaska y Nine Inch Nails. Y cerca de unos New Order vestidos de negro. Ni dark ni gótico ni electrónico: simplemente pop canadiense. Gratísima sorpresa.

“Oceania” (The Smashing Pumpkins). La entrada sigilosa dejando paso al estruendo, que tan efectiva resultó abriendo “Siamese Dream”, aquí se repite en “Quasar” hasta conseguir arrancarnos la exclamación: ¡¡Billy ha vuelto!! Al cabo de un rato empezamos a pensar que no hay para tanto. Que tiene sus buenos momentos. Que –como casi siempre- tiene otros que se atragantan. Que es Corgan en estado puro –alardeando de concepto: estos sesenta minutos forman parte de una obra de mayor envergadura titulada “Teargarden By Kaleidyscope”– y que ya tengo una edad para que me impongan condiciones. Estaré volviéndome insumiso; hasta el punto de pensar que tampoco hacía falta que volviese.