“Human Don´t Be Angry” (Human Don´t Be Angry). Cambio de nombre –excelente elección- de Malcolm Middleton en pos de resaltar su producto. La ironía, que empieza en la misma portada, cede poco a poco con los instrumentales –“The Missing Plutonium”, “After The Pleasurdeome”– y la presencia de un punto de evocación tipo The Montgolfier Brothers, hasta que entra en el callejón agridulce. Del pulso germánico de desazón típico de la marca Arab Strap“First Person Singular, Present Tense”– se llega a las resonancias solemnes que solo él sabe conseguir con su gravedad vocal –“Monologue: River”– hasta alcanzar la cima –“Asklipiio”– en un baño de fervor final que hace de este álbum una adquisición obligada.

“Tree Bursts in Snow” (Admiral Fallow). La épica británica, aunque eleve al límite máximo los recursos eléctricos del rock, tiene su meollo en el folk, y especialmente la escocesa sigue mimando la conexión. Admiral Fallow cogen el sendero y lentamente, sin que nos percatemos, lo convierten en autopista antes de reventar estadios. Un punto o tres por debajo de Elbow“Tree Bursts”– y Coldplay“Old Fools”-, sin su puntería, pero sin comprometer –ni siquiera en la piezas intrascendentes como “Isn´t This World Enough?”– su dignidad. Bonito. Sin más. Por ahora.

“Generals” (The Mynabirds). Híbrido poliédrico, acopia tics de donde sea para lo que fuere. De lo sintético oscuro del arranque al groove, sin esquivar la influencia hip hop –esas percusiones de “Disaster”– ni las aptitudes para el baladón –de las candilejas al neón y a la pirotecnia: “Mighter Than The Sword”– que, cuando vienen con repintado añejo –“Greatest Revenge”-, funcionan. Sería muy fácil encasillar a Laura Burhenn como una Florence a la norteamericana con fonética country, pero no parece una elección óptima. De modo que, pensando en una etiqueta que englobe todas sus variantes, lo he ido escuchando una y otra vez hasta rendirme. ¿Y no es así como se salvó Sherezade en “Las Mil Y Una Noches”? Producido por Richard Swift.

“The Ghost In Daylight” (Gravenhurst). Sigue Nick Talbot fabricando folk urbano para resquebrajarse en una habitación de bed and breakfast de la Gran Bretaña gris. Eléctrico pero íntimo, sustentado en arpegios de una tristeza emanando del asfalto mojado. Canciones delicadas, que entran como un guante que al principio da calor pero al final arde –“The Prize”-, propagando desde la fragilidad viñetas turbadoras –la colcha de teclados a mitad de “In Miniature”– que pueden decantarse a lo terminal –“Peacock”-, quedándose tanto en shoegaze a cámara lenta digna de The Radio Dept“Islands”– como en otras piezas de ocho minutos –“Fitzrovia”– que pasan en un suspiro.