Después de verles en directo en enero, esperaba su álbum con ilusión para constatar que la enorme emoción que I Am Dive desplegaron aquella velada en el Apolo no fue una alucinación personal. De modo que no solo me alivia y me reconforta el empaque descomunal de “Ghostwoods” (Foehn 2012), mucho más allá de las cualidades musicales de un dúo que se mueve entre el folk y la electrónica de belleza glacial. Mark Kozelek y Piano Magic, pensé en enero. Añádase Fleet Foxes por un costado, y por otro todos los grupos que manejan electrónica en función de la guitarra dentro de un segmento que iría del shoegaze al dream pop. Sin jamás caer en la tentación ruidista aparatosa: una melodía es un tesoro preciado cuya dulzura se ha de mimar. Esteban Ruiz y José A. Pérez son tan conscientes de ello como para dejarlo patente en todas y cada una de las piezas.

Quiero sin embargo recalcar la coherencia del concepto, desde la fotografía nevada del diseño gráfico. La del álbum como viaje interior. “Ghostwoods” sirve para esos momentos infinitos de nuestra existencia en que nos cuesta disfrutar de nuestra melancolía. Cuando abres los ojos, cuando miras por la ventana; cuando piensas en ella. Cuando la imaginas lejos y cerca. Cuando intentas ponerte en su piel en busca de las razones por las que te dejó. Cuando abres el cajón y echas mano del aparato para medir la presión arterial, por si acaso hubiera dejado secuelas también físicas en tu corazón. Cuando la visualizas diosa en un mar de nubes celeste gracias a los sostenidos electrónicos de guitarra de José secundando a la voz cristalina de Esteban. Cuando en cada silencio entre canción y canción asumes que no volverá, porque eres soñador y poco pragmático; tal como está el mundo actual, ni la mereces ni le interesas. Pero, en los momentos en que vuelve a sonar cualquier nota del álbum, sueñas con estar juntos. De hecho la sientes junto a ti. Y vuelves a darle al play para seguir a su lado. Una vez. Y otra más. Para que no se vaya nunca.

Vulnerabilidad otoñal extrema. En otoño. No se puede pedir más. Disco nacional del 2012.