Uno ha de aprender a reconocer sus errores. La algarabía que se formó con el primer álbum de The xx me pareció tan excesiva para un debut como abrazar un becerro de oro. Minimalismo de Young Marble Giants con estética de The Cure cuya esencia tampoco pasó la prueba del algodón de un directo festivalero como el Primavera Sound.

Pero ahora que las heridas han cauterizado y yo puedo comprender que el grupo tiene derecho a alardear de cierta condición de pioneros de una tristeza actualizada –menos electrónicos pero con el mismo sentido del espacio que por ejemplo Jamie Woon, James Blake o The Weeknd-, empiezo a sentir una atracción de vértigo –en el fondo, cada pulsación rítmica succiona rumbo al abismo del silencio- hacia esa melancolía suya tan personal. Porque “Coexist” (Young Turks 2012) ahora sí ha dejado atrás ese sonido conocido –disfrazado de modernidad- cuyos referentes no acertaba a diagnosticar hasta que hace unas semanas, por culpa de la versión de “Night Time” de Tracey Thorn,  volví a escuchar “Walking Wounded”, aquel disco de Everything But The Girl que se arrimaba al dance y a la electrónica –cada vez encuentro más parecidos, tanto faciales como vocales, entre Tracey y Romy Madley Croft-, en un salto sensorial plusmarquista –la estructura de “Angels” puede codearse con lo más granado de Beach House– que va de la primera a la última canción. Una austeridad en las formas inversamente proporcional a la de la sensibilidad, superlativa. Como en el caso de Portishead –también se podrían establecer comparaciones entre Jamie xx y Geoff Barrow– pero con más compasión que acritud, circulando por las venas entre la densidad de nuestra sangre al empuje de un corazón maltratado. El ruido del latido del amor trepanando ante la incerteza. Durante la noche. Sin destellos. Sin más esperanza a corto plazo que la de seguir porfiando.