Los peligros y las ventajas de mirar atrás. El gancho inicial de sonidos olvidados que vuelven a abrirse paso en la memoria –la nostalgia siempre ha ejercido de bálsamo- poco a poco se diluye ante la carencia de sorpresas de éstos, hasta el punto de convertirse a veces en obstáculo: por ejemplo, un álbum tan diez en melodías como el primero de The Stone Roses tuvo que sufrir ataques virulentos por su costado vintage. Sobra decir que, para los melómanos –esa palabra lo dice todo: amor por la melodía-, “The Stone Roses” será para siempre un álbum diez.

Todo esto viene a cuento por la cantidad indecente de arpegios luminosos y acogedores –evocando el lado más light de la psicodelia californiana- que contiene el primer álbum de Allah-Las. Love. O Shack sin la melancolía. Con mucha deuda a los sixties; a las bandas de garaje californianas y a parte del sonido Mersey británico. Con un punto de vibración psicodélica contagioso –“Catamaran”– y sonido cavernícola dulzón –la percusión inicial de “Ela Navega” pasa de lo obtuso a la tropicalia-, de perfil seco –similar al de su álbum- del productor Nick Waterhouse, formas crepusculares –“Catalina”-, ciertos arredros donde se intuyen aventuras más abruptas –“Long Journey”-, trazos de regusto folk –casi Byrds haciendo versiones de Dylan en “Vis-A-Vis”– y alguna que otra diana memorable como “Busmans Holidays”. Desgraciadamente la ausencia de más temas con el veneno de este último o con la pátina del anterior dejan el álbum algún que otro peldaño por debajo del debut de los de Manchester. O de “Forever Changes”. En cualquier caso, su escucha estos días produce el mismo efecto que atrapar unos minutos de sol matinal en enero. Reconforta los huesos y el ánimo.