Empezaron My Morning Jacket con dos álbumes melódicamente extraordinarios y rurales, crecieron hasta convertirse –sobre todo en directo- en una máquina arrebatadora de de rock sureño con “It Still Moves”, mutaron a un rock deudor de las tonadas Beatles en “Z”, exploraron vagamente en “Evil Urges” variantes de la música de color, modernizándose a través de pespuntes electrónicos en “Circuital”.

Todo ello ha sido consecuencia de la mezcla de inquietud y sensibilidad de Jim James. Su figura de espaldas enmarcada en lo cibernético de la portada de su primer álbum “Regions Of Light And Sound Of God” (V2 2013), así como su semblante reflexivo en la funda interior, remachan lo explícito del título. Mística, religión: un consuelo para tiempos difíciles que, de una forma u otra, siempre ha estado presente –la compasión- en los distintos tratamientos vocales a los que se ha visto sometida su voz imperial. Del reverb de los primeros años a lo sintético actual.

Con este álbum podrían los fieles a sus conciertos sentir cierta decepción, no en cambio quienes han apostado por asumir su mensaje. Cuando Jim me descolocó con unas declaraciones en 2004 acentuando su devoción por Outkast, me abrió la vía para entender su faceta de soul elegiaco. No nos quedemos con su apetito recreándose en las vocales de “State Of The Art (A.E.I.O.U)” con que arranca el álbum –similar en forma y fondo a “Dear God (M.O.F)” de Monsters Of Folk– y centrémonos en la mezcla de abrazo y rechazo a la tecnología de este primer tema, con paralelismos al de Jason Lytle. Nada de guitarras salvajes, poco folk –para ello ya tiene el logo junto a sus compinches M. Ward y Conor Oberst– y un puñado de canciones deudoras del sweet soul aterciopelado de hace cuarenta años con una manipulación similar a la del Todd Rundgren de “Something/Anything?”. Por poco que profundicemos en las armonías deliciosas armonías de “Know Til Now” y “Actress”, veremos brotar lo que James siempre ha pretendido formular: la simbiosis perfecta entre lo físico y lo emocional de su tierra, el cuerpo y el alma, lo blanco y lo negro. Entre Texas y Detroit andará Kentucky. Esta vez sin pasión rockera desmelenada, sino a través de mantras que combinan teclados y saxos; oraciones y pop. Con su fabulosa sensibilidad habitual (“A New Life”). Con la finura de su venerado “All Things Must pass”.

No es su mejor álbum en solitario. Es tan solo el primero.