La primera vez que supe del apellido Hime fue hace poco más de un lustro en una tienda de Salvador de Bahía, por el método (ya francamente en desuso) de la recomendación de un disco por parte de uno de sus empleados. Venía a nombre de Olivia Hime y su título era “Mar de Algodão”. Interpretaba piezas del patriarca -de cancionero irresistible- Dorival Caymmi, y lo hacía con inusitada suficiencia y distinguida sutileza, un poco acorde con el título. Entre tanta veneración transpiraba carácter. De la descomunal dirección musical se encargaba el marido de aquélla, Francis Hime, pianista tan referencial que a día de hoy se le puede considerar, sin temor a exagerar, como uno de los principales mantenedores del clasicismo brasileño post-Jobim, si no el que más.

Como entonces, y al igual que en la mayoría de las producciones a cargo de cualquiera de los dos, la estrecha colaboración del matrimonio vuelve hoy a producirse (pero aquí en sentido opuesto) ajustada en este caso al campo de la composición. Son varias las que ambos recuperan para “Francis e Guinga” (Biscoito Fino, 2013), resultado de una charla accidental de aeropuerto entre Francis y el guitarrista y compositor carioca Guinga, intérprete muy tardío –autor precoz en cambio- a tener bastante en cuenta en la actualidad.

El disco consiste en un acopio de las muestras de dos repertorios, los de los firmantes de esta referencia, y el añadido de algunas inéditas para la ocasión que no desmerecen en absoluto respecto al conjunto, como ese “A ver navios” en colaboración con la citada Olivia, donde ya desde los primeros compases se advierte ese gusto por la filigrana melódica y el ensimismamiento nostálgico que no emplea arreglos acomodaticios -ergo easy-listening– del mismo modo que se mantiene fiel a la pulsación adulta que cabría esperar siempre de una propuesta así. Se trata por tanto de un disco recio, de instrumentación ajustada y sobradamente competente en todos los demás aspectos, que acentúa si cabe un poco más la voluntad de promiscuidad artística inherente al grueso de las producciones brasileñas -generalmente insufladas de complicidades nominales similares-, y que contiene en su interior una muestra panorámica de creaciones hechas a medias con otros titanes de la talla de Vinicius de Moraes, Paulo Pinheiro o Chico Buarque.

A la voz ajada de Guinga por un lado se contrapone por otro la más atemperada y grave de Francis Hime. Turbación frente a contrariedad, escalofrío versus elegancia: “la belleza es una quimera junto a ti y la primavera es nada”, canta el segundo en “Nocturna”. “Amor que hasta puede asustar”, replica Guinga a continuación en “Minha”.

A falta de un espacio físico, y por seguir formando parte de una cadena cada vez más invisible que sigue empeñada en compartir sueños así, considérenme esta vez a mí detrás de un mostrador virtual para aconsejar fervientemente semejante rosario de emociones. La ocasión, desde luego, lo merece.