Reconozco que a veces soy muy mal pensado. Cuando salen a la luz esas ediciones deluxe de referencias del pasado, engordadas con infinidad de piezas extras -demos, canciones inéditas y demás curiosidades- salidas de los rincones más insospechados, me asalta a menudo la perversa ocurrencia de si no habrá gato encerrado de por medio y muchas de esas reliquias no serán quizá fruto de grabaciones mucho más recientes, apañadas por equipos diferentes de los supuestos o cocinadas en momentos muy diferentes a los indicados en sus créditos. Algo así como una maquinación oportunista para hacer caja contrarreloj, según el caso, por enésima vez o quién sabe si inopinadamente.

En el caso de Anna-Lynne Williams, si ese tipo de operación se produjera en el futuro (suponiendo que para entonces el formato físico en concreto siga proporcionando semejantes servicios, lo cual está por ver), por fortuna gran parte del trabajo ya estaría a estas alturas allanado y verificado. Al margen de su carrera con Trespassers William y con el id de Lotte Kestner ya ha expedido varias grabaciones con sus correspondientes lados b y sus caprichos complementarios ciñéndose ante todo a la mera demanda interna como compositora. Mucho más austera instrumentalmente que con su grupo, aprovecha para brindar siempre que puede con múltiples muestras propias y estimulantes apéndices en forma de versiones a cual más gozosa. Una muestra de estas últimas se incluye en “The Bluebird Of Happiness” (Saint Marie, 2013), donde Lotte brilla por su elocuencia teniendo en cuenta lo bien que le da el giro a la marcial “Halo” de Beyoncé, dejándola en sus manos condensada a la mínima expresión y purificando de paso su esqueleto melódico.

El resto del álbum es imponente: hace de los recursos ajustados una tenaz apología de lirismo ambiental, ya sea contagiándose de la misma dulzura que The Innocence Mission (“String”), equiparándose al manejo eclesiástico de Low (“Westler”) cuando a éstos también les da por ensuciar sus pequeñas epopeyas con sutiles efectos, o agitando la misma espesura boscosa que Vashti Bunyan (“Little Things”) para acabar, en la misma canción, tan oxigenada como Bic Runga.

Hasta en los arreglos ligeramente trip-hop de “Eggshell” denota mayor precisión en los detalles con respecto al grupo donde milita, definitivamente más encorsetado y medroso en todos los aspectos. En esta canción revolotea de modo tenue el espíritu de Cocteau Twins, lo cual  tampoco es muy de extrañar si tenemos en cuenta que precisamente el bajista de los británicos, Simon Raymonde -uno de los más perspicaces vampiros del folk contemporáneo-, en su día dio cancha a los Trespassers a través de su propio sello.

Aun con materiales de sobra asimilados y deglutidos (¿existe, musicalmente hablando, alguno que a estas alturas no lo esté?), Kestner conmueve, fija y da esplendor a los afluentes del pop más intimista y solemne. Aquí no me cabe la menor duda y tampoco me provoca la menor suspicacia. Al contrario: me la creo en todo.