Motivos existían para que la presente edición del Primavera Sound se viera envuelta en un mar de dudas. El cambio de presentación a finales de enero, la economía nacional y su incidencia en la franja consumidora de este tipo de eventos, todo junto, sumado al posible deslucimiento por culpa de unas condiciones climáticas adversas, creaba una inmensa interrogante previa.

Sorprendentemente no obstante, a la vista del cliente asiduo, ha sido la edición más multitudinaria; yo diría que global. La rémora del mercado español ha sido compensada con una masiva presencia internacional. Este año he visto gente de todo tipo, razas, colores y credo, he escuchado a mi alrededor idiomas infinitos, y más que nunca a los músicos loar las excelencias del acontecimiento sin sonar tópicos. El Primavera Sound se ha convertido en el pistoletazo de salida de los festivales de verano del hemisferio norte; la prueba de fuego, el pulso de lo que será la temporada: muchos músicos así lo dieron a entender. ¿Pegas? Los españoles por supuesto se quejaban del precio –de la entrada y de las bebidas- y yo personalmente me quejé del frío, aún conciente que la organización no tiene (aún) contactos divinos. Dejo para otro momento con presupuestos municipales menos esquilmados la degradación del pavimento –baldosas rotas o sueltas- que afean la imagen de la ciudad: para tener huevos de oro hay que mantener sana la gallina; o la anulación del forfait del aparcamiento que antes permitía a los que venimos de fuera estacionar toda la jornada por seis euros: ahora cuesta más de treinta, obligando a muchos conductores a buscar alternativas en la vía pública. Quizás una negociación entre las partes implicadas solucionase el problema.

Por culpa de esto último, empecé el jueves algo tarde perdiéndome buena parte de El Inquilino Comunista. Me alegró verles en un escenario grande, sin competencia horaria de ningún otro acto importante, y además sin aquel sol abrasador del escenario de abajo (esta vez llamado Ray Ban) que en otras ocasiones te alejaba por inercia.

Con Wild Nothing la sensación fue agridulce. La cuestión de fondo –la belleza de las canciones- desbarata cualquier crítica adversa, pero reconozco cierta decepción. El dream pop no es estilo para triunfar en festivales y el despliegue –cinco músicos- no respondía a lo que podrían habernos ofrecido de tener más tablas variando un poco el desarrollo de unos temas que se sucedían demasiado iguales. Percibí desde mi zona el bajo muy subido, los teclados algo sepultados, y a los protagonistas excesivamente recatados –o poco experimentados- manejando escenarios de estas dimensiones. Imagino a The Radio Dept en las mismas circunstancias y quiero pensar que le hubiesen sacado mayor partido a la oportunidad.

Sobre todo asistiendo a continuación a lo ofrecido por una Neko Case rodeada de un equipo de músicos tan profesionales. Cierto, todos tenían una edad y su aspecto así lo mostraba: las barbas de uno se parecían a las de Jerry Garcia, las de otro a las de Z. Z. Top, etc etc. Pero más que nunca aquí vale lo de que la experiencia es un grado. Y Neko se presentó –primera visita aquí, todo un evento vistos sus desplantes: incluso elogió el jamón ibérico- a juego, en tejanos, más descuidada que casual, y lejos de la imagen que en su día se vendió de emblema seductor del country: lo relevante yace en su música. Y hablando de vestimentas, justo lo contrario se puede decir de lo que pude ver –justo antes de Neko– del set previo en el chiringuito Ray Ban Unplugged de Sean Nicholas Savage: traje color tostado, camisa crema a juego, look de dandy repeinado teutón con el bigotillo Gable de la temporada. Todo ello para defender, marcado por la fórmula de entonación sobre fondo sintético que se ha impuesto desde la aceptación de James BlakeJamie Woon, How To Dress Well, etc-, un sofistisoul con guiños subliminales bossa a orillas del Sena. Hacía calor en el recinto diminuto, y el cantante se quitó –con maneras estudiadas- la americana. También pidió encender un cigarrillo aunque luego no lo hiciese, pero dejó así constancia que su música se disfruta mejor con humo. Look calculado y música muy sugerente, aunque lejísimos de los postulados roots de la Case.

El triunfo de Tame Impala era de cajón. Ante un recinto ya a reventar aún con luz diurna, no necesitaban de un gran esfuerzo para responder a la enorme expectación creada por su álbum “Lonerism”. Fondo de imágenes cercana –aunque más sencilla- a la lisergia electrónica de Animal Collective, que sirvió para resaltar los argumentos productores de Dave Fridmann: las resonancias rítmicas de MGMT y la habilidad para revertir el barullo en melodía. Técnicamente sin mácula. Y entre tanto olor mediático, la melena lacia tapando los laterales de las facciones de Kevin Parker, como un J Mascis que contempla impasible todo el revuelo. Psicodelia feliz. Aparentemente.

El soul con tamiz electrónico de Jessie Ware me descubrió la buena aceptación patria que ha recibido “Devotion”, así como el acierto abriendo abanicos  -más flagrante al día siguiente con Solange– a estilos no tan alternativos aunque  -aún- con credibilidad para figurar en el cartel. Un tema escabroso si nos ceñimos a la escrupulosidad militante del universo indie, temeroso de un posible festival futuro claudicando ante los postulados de MTV. Suerte que ambas actuaban desde la tarima Pitchfork.

En espera de Menomena, abdico viendo por enésima vez a Deerhunter, quien reiteró pasárselo en grande cada año en el festival (my favourite time of the year). Estrafalario como de costumbre –candidato a personaje de film de Almodóvar primerizo: solo le faltaban los rulos y las pantuflas-, Cox combinó el hipnotismo conocido de su banda con las recientes variaciones apuntadas en su nuevo álbum “Monomania”. La orgía de ruido final fue de una contundencia sin límites, con el público absolutamente avasallado por sonido y luminotecnia. Por supuesto Menomena, muy apreciados personalmente desde esta plataforma –como tantos otros presentes en el festival- por lo escueto y atípico de su fórmula, respondieron a la dura tarea de competir en horario con otros asiduos respetables como Grizzly Bear. Empezaron con poca gente, pero la cosa se fue animando tanto que incluso se permitieron alguna frase irónica –we´re like The Beatles now– al volver a salir por aclamación. Yo después enfilé el camino de salida; el cuerpo me pedía descansar.