Cuando no existía internet, las discográficas ejercían de filtro. Ahora todo es más complejo, pero yo aún –cuando desconozco al grupo- lo primero que hago es averiguar quién lo avala: hace diez años se llamaban Rough Trade, Sub Pop, Domino o Acuarela; añádanle en la actualidad los nombres que gusten.

No es la primera vez que se avisa aquí de los malabarismos a los que ha de recurrir el sello Moonpalace para publicar trabajos que destaquen por su carácter único. Y que además mantengan un listón de calidad elevadísimo sin apenas afán de lucro. Porque, sinceramente, se ha de ser de una pasta especial para enterarse de de la música de dos suecos que han grabado un par de EPs excelentes –“The Burning Dot” y “The Burning Dot Part 2”-, intuir que juntos incluso se escuchan mejor que por separado, convencerse y convencerles de la posibilidad de enfocarlos como un álbum, y publicar artesanalmente cien copias. La única explicación posible es la del fan que desea a toda costa que los aficionados presten atención a Old Amica y los escuchen vía bandcamp.

Vamos ahora con la música. Quizás no tenga nada que ver, pero quisiera reincidir –ya lo he dicho en otra ocasión, precisamente en un post antiguo de Phosphorescent, protagonista del próximo- que lo que me impactó de los primeros My Morning Jacket –los de “The Tennessee Fire” y “At Dawn”– fueron sus piezas más lentas, cuando el tono de recogimiento de la voz se incrustaba entre los ecos acústicos obteniendo un efecto de misticismo dulce que calaba en lo más hondo del alma. Quítensele las trazas de country, y un par de años después reaparece la sensación escuchando un par de cortes de “Bodies And Minds” de Great Lake Swimmers.

Con “The Burning Dot” me ha vuelto a suceder. Este vacío incalificable –¿o es plenitud?-que se produce en las décimas de segundo que transcurren entre el rasgueo de la guitarra, la entrada de la voz y el piano; como si algo te atrapase dejándote suspendido –la manera de esbozar el estribillo de “Inflammable Light”, el apoyo vocal de “The Burning Dot” o de “Dunes”, la finura electrónica casi intangible- en un mar de belleza sin fin. Música de porcelana cuya fragilidad realza nuestra entereza y aleja la línea del horizonte boreal a los aledaños del infinito. Si alguien da con un álbum más hermoso este año, no deje de recomendarlo aquí.