Costó entender la separación de Uncle Tupelo en su momento más dulce, pero la perspectiva tras dos décadas lo deja claro. Jay Farrar quería seguir aferrado a las raíces, mientras Jeff Tweedy venía dándole vueltas a más alternativas. Y si al principio pareció mejor la concisión del primero en Son Volt frente a los titubeos del segundo en Wilco, después los caminos de cada uno quedaron bien marcados para gozo de los seguidores del primero, del segundo o –como yo- de ambos.

Reconozco no obstante serlo un poco más de Wilco. Porque su hoja de ruta siempre ha sido más imprevisible sin dejar de lado los dos o tres temas por álbum capaces de jugar en cancha de Son Volt y vencer. Y aunque desde hace dos o tres discos se han adocenado unos milímetros, siguen usando su versatilidad para explorar.

En cambio Farrar se ha mantenido erre que erre con la guitarra llorona y la voz nasal en primer plano, disolviendo la banda y después recuperándola con otros músicos. De hecho me costaría mucho citar un álbum de Son Volt por encima de los demás, incluso una canción. “Honky Tonk” (Rounder 2013) no es la excepción aunque siga recibiéndolo con la misma efusividad que los anteriores. Es como el viejo amigo que encuentras de vez en cuando; en quien confías para contarle todo lo que te ha sucedido desde la última cita; en el mismo bar, ante la misma taza de café. “Brick Walls”, “Seawall” o “Bakersfield” lucen como si escucharas a Farrar por primera vez, aún sabiendo de qué pie cojea.

Lo que me carcome, después de tantos años, es que sigo sin conocer las razones verdaderas del divorcio. Del grado de acritud del mismo. Sospecho que no debieron acabar bien cuando Tweedy montó un homenaje a Woody Guthrie por un lado –con Billy Bragg– y tiempo después Jay –con Jim James, Will Johnson y Anders Parker– por otro. Pero tozudo y celestino yo, sigo soñando con volver a verlos juntos algún día. Volverán a discutir, entrarán en el estudio y grabarán un nuevo álbum de Uncle Tupelo. Posiblemente el mejor disco de la década que sea.