Procede de Alabama y sale en las fotos con una camiseta de P.J. Harvey. No es un dato al azar: Katie Crutchfield en bastantes detalles recuerda a aquella Polly novata, apoyándose mayormente en los espacios creados entre las notas de guitarra eléctrica, y un espíritu de rebeldía quieta -suena Waxahatchee, nombre asimismo del lago en cuyos aledaños se fraguó “Cerulean Salt” (Don Giovanni 2013), a puro indio- que no precisa maquillajes.

El talante austero de la grabación no es solo aparente. Con pocos medios consigue tejer una telaraña de escasa hilatura para que la voz tome el mando. Empieza incluso suave y envolvente en “Hollow Bedroom” pero a los pocos segundos ya le ha pegado un revolcón a los arpegios para convertirlos en acordes agrios. Se atreve con una segunda guitarra en “Dixie Cups And Jars”, ayudando a que las empuje una percusión que, a pesar de marcar el paso, suele mantenerse en un plano discreto, como si no quisiera desbaratar la feminidad de las composiciones. Y cuando goza de cierto protagonismo –“Lips And Limbs”– es para arrimar la pieza a los patrones establecidos de cantautora de folk pop y no para soliviantar la ambientación. Aún así, a veces hace honor a la camiseta y pisa terrenos pedregosos –“Brother Bryan”-, de puntillas y con los mocasines confortables –“Coast To Coast”– de un rock que podría ser mucho más peligroso si chillase en vez de susurrar. Seamos no obstante sensatos. ¿Tú qué prefieres cuando te comen la oreja?¿Que te griten o que te susurren?

Tómese “Cerulean Salt” como el segundo disco de una cantautora que se siente atraída por su lado salvaje y seco -siempre me ha parecido explícitamente contundente que la Harvey titulase aquel álbum “Dry”– pero a la vez se niega a abandonar el calor de su alcoba (excelente “Swan Dive”). Una ambivalencia muy seductora.