Dicen que la alegría siempre va por barrios. Pero no necesariamente con desajustes temporales, añado. A mediados de los sesenta, mientras la urgencia del ‘swinging London’ se focalizaba principalmente en el distrito de Soho, en el de Nothing Hill se vestían de largo para dar carta de naturaleza a su propio carnaval –el colorido de muchas de sus fachadas ayudaba a subrayar los variados matices de los ritmos allí vertidos- y asistir entusiasmados a la descarga de un Mighty Terror que cantaba -como muchos otros agregados culturales de la ya por entonces ex-colonia británica de Trinidad y Tobago– a ritmo de calypso señero las bondades de la vida en la metrópoli londinense.

Y es que si por algo se distinguían las letras de los maestros trinitenses era por captar a vuela pluma sus avatares vitales con precisión casi clínica y también por imprimir el acostumbrado gracejo a unas fantasías cotidianas por entonces al alcance de unos cuantos elegidos. Ahí estaba en ese sentido Lord Kitchener para imaginar un viaje transatlántico –siempre con la capital inglesa como punto de partida- lleno de apasionadas y ebrias insinuaciones con interludio cercanamente sonero en sus evoluciones. Rumbo al sueño americano en una ruta, por lo demás, a menudo frecuentada por quienes como él buscaban un fértil diálogo musical entre la risueña impostura caribeña y la sofisticación blue note del otro lado del charco.

Más directa en su relato –y constreñida en la metáfora- era Lili Verona con las confidencias de alcoba de “Big instrument”, donde su querido novio tiraba de aptitudes para animar las frías noches norteñas con una inusitada pincelada jazzy de por medio. Y para la crónica deportiva nada menos que el otrora fiel escudero de Kitchener King Timothy, donde hace suyos los rituales británicos alrededor del balompié, con el pub como escenario indisociable a la afición incluido.

De todo ello –y mucho más- da buena cuenta el sello Honest Jon´s Records en la sexta entrega de la serie “London Is The Place For Me” que viene compilando, desde tiempo atrás y tras los pasos de otros elocuentes samplers como “Calypso Awakening” o “Calypso Breakaway”, todas aquellas muestras de la inmigración afroamericana –y con ellas toda la paleta de sonidos aportada- que irrumpió con desusada presencia –y discreto impacto mediático- en las calles de la City sobre todo desde los años cincuenta hasta la culminación festivalera del 66. Escuchar en realidad cualquiera de los recopilatorios de la secuencia de Honest Jon, y más en plena canícula mortificante, fija sobre nuestra banda sonora un tamiz perezoso cuando no travieso o directamente insidioso. De cualquier manera muy vivificante. Que no paren estas placenteras y livianas sensaciones, me digo, mientras zumban sus añejos compases y se destapan sus socarronas proclamas.