No es obligatorio que un talento prometedor te guste para seguirle la pista. Por eso mismo es prometedor; porque promete. Desde el año 2008 le presto atención a Laura Marling sin que hasta el momento mi perseverancia se haya visto retribuida debidamente, o sea con un álbum extraordinario. El próximo será el bueno, digo cada vez que publica uno nuevo y se apodera de mi la decepción ante tanta excitación mediática británica. Todo empezó con la burbuja de un supuesto resurgimiento del folk británico gracias a Mumford And Sons y amigos (aclaremos que entonces ella tenía 18 años, salía con un miembro de Noah & The Whale, y poco después con uno de Mumford And Sons). Entretanto vendría la aparición de Ethan Johns como productor en “I Speak Because I Can” y la sensación inducida de que ya empezaba a experimentar en “A Creature I Don´t Know”. Lo poco que vi de ella en directo en el Primavera Sound del año pasado no me convenció; no me llegó lo que quería transmitir, fuese lo que fuese.

La Marling tiene un problema no musical de cierta gravedad que acaba por perturbar su crecimiento como autora: los británicos buscan a su Joni Mitchell y creen que la han encontrado. Esta etiqueta, cuando tienes 18 años, te sube la autoestima pero también te desajusta el ego. Y piensas que eres ya una de las grandes cuando ni tienes los recursos musicales de ellas -el piano es fundamental en la estructura compositora de la Mitchell– ni su versatilidad ni mucho menos su experiencia: Laura compone desde lo que ha leído más que desde lo que ha vivido, y quizás por ello -madurar- se ha mudado a Los Angeles para darle a “Once I Was An Eagle” (Virgin 2013) ese aire de trascendencia al que aspira.

Se ha de recalcar que en la portada ya se advierte un cambio. ¿Adiós a los sueños adolescentes y bienvenida al despertar de los sentidos físicos que Joni no regateaba en describir a través de los textos? Cierto, irá madurando a medida que su corazón se abra y se contraiga y reciba hostias sentimentales de verdad (no las adolescentes). Aquí brotan señales que invitan a persistir en su seguimiento. Menos literatura plástica y más firmeza; sofisticada dentro de la austeridad instrumental autoimpuesta; con mayor énfasis en los pequeños recursos impactantes -la apropiación del estribillo de “It Ain´t Me Babe” de Dylan en “Master Hunter” para subrayar un mensaje, la guitarra española en “Little Love Caster”– y no tan enfrascada en desprender falsa modestia amparada en su precocidad. Si ella proclama haber sido una vez un águila, ¿qué hemos de pensar cuando Bill Callahan aún a veces aspira a serlo?

Mirado desde el lado optimista, este final de “Saved These Words” escupiendo con rabia la frase thank you naivety for failing me again/ he was my next verse significa que alguna hostia ya ha recibido. Que su corazón se irá acostumbrando y endureciendo. Y cuando componga desde las heridas de la vida y de la experiencia propia, lo habrá conseguido.