No entraba en mis planes reseñar “Random Access Memories” (Columbia 2013). Sencillamente porque Daft Punkpunk torpe: el adjetivo me parece muy conseguido- no es un grupo que esté en mi lista de favoritos. A lo largo de todos estos años y discos siempre he pensado que están sobrevalorados, siendo más influyentes que relevantes: el producto de un entorno que me es mayormente antipático, con el típico savoir faire francés chauvinista -el picar un poco de todo y después decir que tú lo has inventado- usurpando protagonismo a otros artistas del ramo con más talento y humildad.

Pero, ante la presión mediática, cometí el error de escucharlo. Y entonces se me quedó cara de tonto. Estos no eran los Daft Punk monolíticos y rimbombantes de toda la vida, a pesar de la estética robótica (siempre he preferido en este sentido a Kraftwerk, incluso con el abuso del vocoder). La guitarra rítmica típica de los 80 implantada por Chic, la colcha aterciopelada liviana en vez del ritmo pesado marcial, y de pronto, allá por la tercera canción, una voz masculina con inglés de acento baratillo europeo empieza a rememorar su trayectoria, relajada, sabia, atrapándote en su relato sobre fondo tan distinguido. Cuando a mitad del tema -dura 8 minutos- dice que se llama Giorgio Moroder, salto del sofá como si se le hubiesen roto todos los muelles disparado hacia los créditos. La canción se llama -tiene guasa- “Giorgio By Moroder”, y los de las guitarras son nada más y nada menos que Nile Rodgers -sobran las presentaciones- y Paul Jackson jr, músico cuyo currículo es tan enciclopédico como el perímetro que pueda abarcar su presencia en discos de Michael Jackson, Mory Kanté, Stan Getz, Leonard Cohen, Julio Iglesias o Marta Sánchez. Y para colmo, casi me salta una lágrima al ver en el elenco el nombre de Paul Williams, uno de los grandes autores y músicos -con muchos royalties y escaso reconocimiento popular- de aquellos años, entre otros más actuales –Julian Casablancas, Panda Bear, Pharrell Williams, Todd Edwards, DJ Falcon– que, por supuesto, en dicho entorno quedan absolutamente eclipsados. Porque lo que Daft Punk me estaban queriendo decir es que crecieron un poco más tarde que yo, con una música que a ellos les educaba mientras producía en mí una extraña relación amor/odio, y ahora, entre oleadas de nostalgia resetada, nos unía brindando por este pasado difuso del que unos renegamos y otros presumimos. Gracias a esta maniobra pedagógica insólita ahora podía entender las bases de su música. Chapeau. Por ello me veo en la necesidad de contextualizar el currículo de estos dos personajes –Giorgio y Williams, no los franceses- en mi vida personal.

A Giorgio le escuché por primera vez recién estrenada mi adolescencia con “Looky Looky”. A pesar del oom-mow-mow papa-oom-mow-mow enganchoso, me pareció un impostor europeo metiéndose en un estilo a la baja como el bubblegum. No se amilanó ante la escasa bondad de los especializados en rock -entre otras, porque la canción fue un éxito- y poco después otro tema suyo –“Son Of My Father”– llegaba a lo más alto de la mano de Chicory Tip. La cosa esta vez era más grave. Mientras los intelectuales adulaban el moog como arpón del progresismo al popularizarlo Emerson Lake & Palmer, llega este aprendiz de ladrón que ni siquiera es británico -toda una ofensa italoalemana al linaje-, lo roba y lo cuela en una tonada descaradamente comercial que da la vuelta al mundo. Ni Neu! ni Can ni Amon Düül ni Faust: la música alemana se conocería por Giorgio, Silver Convention y Boney M. Lo digo con este tono porque durante aquellos años pinchaba la misma morralla, noche tras noche, en una disco para guiris en la costa, así que ruego perdonen mis prejuicios. Después vendría “Love To Love You Baby” de Donna Summer, otro tema hoy reivindicable aunque personalmente rozando lo aborrecible -si “Je T´Aime Moi Non Plus” era el himno sexual de los pioneros y “Pillow Talk” el de los inquietos, éste era el de los chonis-, y, ya la redención final con “I Feel Love”: allí Moroder consiguió introducir el pulso incombustible germánico -de Neu! a Kraftwerk– con armas electrónicas pop, y a partir de ella cimentó su fama como protagonista en la sombra de decenas de éxitos y bandas sonoras –”Expreso De Medianoche”, la revisión de “Metrópolis”, “American Gigolo”, “Cat People”, “Flashdance”, “Scarface” y “Top Gun”. No sé si les suena alguna…

La culpa de que la otra pieza clave del álbum sea “Touch” la tiene Paul Williams. Supe de él cuando le vi haciendo de malo en “El fantasma Del Paraíso” de Brian De Palma, y las canciones me parecieron dignas proviniendo de un desconocido: una especie de Jimmy Webb más grotesco -aún no habían triunfado las melenas de Meat Loaf– que después, lejos de su personaje en el film, me evocaría al tipo de compositor que encarna Dudley Moore en “10”. No sabía entonces que Williams era el autor de “Rainy Days And Mondays” y “We´ve Only Just Begun” de The Carpenters, así como “Fill Your Heart” de David Bowie. Los dos primeros apenas me importaban pero “Hunky Dory” era casi la biblia. Curioso, estando Bowie relacionado con Paul Williams, Nile Rodgers y Giorgio, ¿no merecía siquiera un cameo en “Random Access Memory”? Y por si alguien quiere entender mejor la catadura de Williams, solo ha de pensar mientras escucha “Touch” que también es el autor del tema principal de la serie “Vacaciones En El Mar”.

Así que, después de muchos meses de convivencia, pienso que no es el mejor álbum del año -mis prejuicios me impedirían admitirlo-, o quizás sí lo es si has crecido escuchando las fms de los 80, con “We Are Family” de Sister Sledge, “Flashdance…What A Feeling” de Irene Cara o “Take My Breath Away” de Berlin. Y que la cacareada parafernalia robótica es lo menos importante de este singular homenaje a la juventud: tal como éramos. Pero siento una envidia sana. Daft Punk han hecho el álbum que les hubiese gustado hacer treinta años atrás cuando eran adolescentes, al lado de sus mitos. Ojalá mis ídolos de entonces me diesen mañana la misma oportunidad. Antes, no obstante, debería aprender a tocar algún instrumento.