Antes de comprar un álbum -¡¡¡comprar un álbum!!!- de un músico desconocido, tenemos dos opciones. Hacerlo sin haber escuchado nada de él -solo por referencias, a la antigua- o, como hoy hacen la mayoría de consumidores -algunos compradores-, habiendo previamente escuchado cachos de su obra en internet (los nostálgicos aún mencionan la radio). A mí la primera opción me sigue pareciendo la más excitante. Cierto es que habría ahorrado un buen dinero asegurando el tiro, pero también se me habrían pasado por alto obras cuya magnitud sobrepasa el acto fútil de escuchar una o dos piezas -a veces meras estrategias promocionales- y dictar veredicto.

De modo que, animado por las informaciones que ponen a Factory Floor como hijos de la electrónica urbana dura, incluso opresiva, compro “Factory Floor” (DFA 2013) con cierta inquietud aunque en el fondo consciente de la garantía de DFA como denominación de origen. ¿Y con qué me encuentro? Pues con una música bastante más digerible de lo esperado. Por supuesto no reniega del minimalismo seco marca de la casa, con ritmo constante de principio a fin -solo interrumpido por tres instrumentales llamados “One”, “Two” y “Three”-, tan ajeno a la variedad de arreglos como ansioso por ponerte en movimiento. Sin embargo no machaca con brutalidad ni atormenta industrial. No es tan noir como la fama procedente de sus shows, y menos con esa portada amarilla -también “Computer World” de Kraftwerk usaba este color- y con la voz femenina atemperando. La única pega es lo lineal de su discurrir. Una combinación tan constante e inmutable que, aunque cantada, consigue que un álbum instrumental como el de VCMG -el del reencuentro entre Vince Clarke y Martin Gore– parezca un dechado de variedad. Después de todo, la comparación con la vertiente menos florida de Depeche Mode -percusión y sintetizadores- no es lo desafortunada que pudiera parecer.