Charlie Mysterio es un dandy. Y además un romántico. Después de la pérdida del gran Carlos Berlanga ya nada ha sido igual en esta cosa del pop. Pop es magia en dos minutos de canción, pop es el estribillo perfecto, pop es ser moderno sin quererlo. El pop es una cosa demasiado seria para tomársela en serio.

Mysterio es un tipo elegante y sin prejuicios ,pero sobretodo y lo más importante, es inteligente. Él sabe que de la unión entre John Foxx, Ray Davies, Errol Flynn, la jota aragonesa o Franco Battiato puede salir una gloriosa melodía que salvará nuestro enésimo día malo. Me refiero a esas melodías que abastecen los pies de página de las miles de historias del pop.

A finales de los 80 arrancó la andadura de su alter ego Los Caramelos. Apasionado por la música y estética surfer empezó a componer, cual aprendiz de Brian Wilson y entusiasta de Dick Dale, melodías imbuidas por el recuerdo de amores de verano en remembranzas en color sepia (“Ciudad del Surf”, ”Vete, pájaro malo”). Tener una plataforma de difusión es lo que ansían todos los grupos. Él la tuvo de la mano de Juan de Pablos y su “Flor de Pasión”. Sus composiciones, aún en estado embrionario, ya atesoraban ese halo de atemporalidad que en disco quedaron plasmadas en todo su esplendor.

El recopilatorio “Los Caramelos 1988-1999” (Spicnic 2002)es un festín. Guitarras que vertebran canciones perfectas (“Cherry”), interludios de vals galáctico (“El Vals del Espejo”), technopop vitaminado (“Robot”), proto funk (“Para Siempre, Bobby”), bossa erótica (“El Provador de Camila”), guiño a La Mode (“Cita en Hawaii”). Y así, hasta llegar a 29.

Ya lo dice Charlie“jóvenes envejecidos prematuramente, les da miedo sonreír. Los mismos gestos, la misma preocupación. Duerme en tu silencio y mañana lograrás ser como uno de ellos…”. Estas canciones nacieron orgullosas, y yacen olvidadas como sólo lo están los mejores tesoros.