Desconozco si Rodrigo Amarante ha conseguido purgar con “Cavalo” (Slap, 2013) todos esos fantasmas que le llevaron en su día a autoexiliarse a los Estados Unidos. Tras la huida hacia delante que supuso el final del rock mestizo elemental -y mediático- de Los Hermanos a través de sus internadas neo-arrabaleras en Orquestra Imperial o del sunshine folk de Little Joy, de lo que no cabe duda es que ha reservado para su primer disco en solitario una serie de canciones vocacionalmente artesanales (y a la vez muy contemporáneas) que son muchísimo más que una apañada introducción de esparrin a los shows de su buen amigo Devendra Banhart. Diría que más bien todo lo contrario.

El carioca ha apostado por redescubrirse como compositor y por dar con el túetano de un proceso que a menudo se difumina en el local de ensayo junto a otros cómplices y sus respectivas cuotas de intervencionismo. Con una primera parte variada en ritmos (pero ausente de toda brusquedad formal) y una segunda inclinada exponencialmente hacia el intimismo y el ensimismamiento, hay lugar en “Hourglass” para resucitar el espirítu post-punk contenido y existencialista de Renato Russo y sus añorados Legião Urbana o –por aquello de la elección del francés como vehículo oral- para recordar instintivamente en “Mon Nom” a un Dominique A con el nervio eléctrico igualmente atenuado; en “Maná”, mientras tanto, el pulso se antoja cercano a ese tropicalismo ácrata tan propio de Tom Zé. Controlado.

Los guiños a Caetano Veloso van desde el “Je suis l’étranger” de “Mon Nom” (de similar manera que cuando el bahiano se decidió a bautizar todo aquel memorable disco de 1989), hasta la “Irene” del álbum blanco del propio Veloso que ha servido de inspiración confesa para Amarante a la hora de pergeñar con idéntico título uno de los highlights más trémulos de su disco. Identificación inteligente: ambos, por diferentes motivos, han tenido que abandonar Brasil en periodos más o menos considerables.

Tanto en “Fall Sleep” como en “The Ribbon” o la propia “Cavalo” se palpan los movimientos a cámara lenta de Roger Quigley -perfil At Swim Two Birds– en marcos tan esquemáticos como devastadores emocionalmente. Y si a Rodrigo le da por insistir con piezas de carrusel diferido como “O Cometa”, por mi puede seguir exorcizando sus cuitas con el éxito y el aprecio eternamente. “Cavalo” es un disco tierno y primoroso que, tras su factura de apariencia modesta, esconde un cariño tan medido como a salvo del azar, transitando constantemente por la fina línea que separa el elogio diáfano del puro efecto placebo.