Uno de los discos más adictivos del pasado año para quien esto suscribe, fueron las nueve canciones que componen el primer largo de El Último Vecino (Doméstica, 2013). Éste es el proyecto de Gerard Alegre Dòria, amante de la estética synth-pop y sus orografías urbanas, de las cintas de cassette y del estribillo invencible, del lirismo al límite de la afectación tolerable de Manolo García, de la coloración de los minerales, y del cartón piedra y el estilo Imperio. En fin, Gerard conjuga suficientes elementos para ser una estrella del pop. Eso espero.

Este arsenal de dardos pop incombustibles, en palabras de su autor, tiene mucho de terapia de choque para asimilar sus temores- no podía ser de otra manera: el mejor pop subyace en el miedo y la extrañeza del vivir, sino que se lo digan a Mozz ahora que es ya un “clásico Penguin” -, y abre a pecho descubierto con “Qué Más Da”, sorteando los peligros que acechan en cada esquina. Las cartas sobre la mesa: guitarras arpegiadas, ecos de New Order y OMD, cajas de ritmos envolventes y texturas analógicas reconocibles. Sin trampa ni cartón. Quizás esta honestidad en su discurso hace que se le quiera aun más.

Sigue el baile con los ojos en blanco de cromatismo a lo The Cure -los de la trilogía siniestra, claro- más un poco de baile mutante a la manera de Extraperlo en la excelente “Un Sueño Terrible”. Pesadillas entonadas a pleno pulmón, y en una mano las Sagradas Escrituras según Ian Curtis y German Coppini; en “Antes Siempre Esperaba” los versos se repiten hasta la extenuación mientras la batería golpea y golpea mi cabeza y activa los resortes de la nostalgia sin rubor alguno.

Porque mejor acercarse a este disco sin ideas preconcebidas, déjate engatusar. Así uno disfruta más si cabe de ese cruce imposible entre Décima Víctima y Azul Negro que es “Riscas” y, ya al final, acabas rendido a sus pies con “Tú No Estás Asustado”: bajos al galope y juegos semánticos a lo Astrud. Una vez redimidos los miedos, dale al play de nuevo. Repito: aquí tenemos una popstar.