Coincidiendo con el reciente deceso de Germán Coppini (terrible: le admiraba como el que más) ha vuelto a salir a la palestra, de manera más o menos encubierta, más o menos sibilina, un pequeño tema de conversación y (psico)análisis que glosa a menudo las retrospectivas sobre la recurrente Movida y sus supuestas aportaciones a la posteridad: la “invención” del rock (o pop) latino.

Todo empieza por cometer la osadía de (auto)imponer(se) medallas y continúa con el dudoso gusto de cargarles a otros con sus propias malas rachas, su incomprensión o su ostracismo, acusándoles a aquellos de apropiaciones o arribismos. Para empezar, el término ya estaba rondando mucho antes de Rockola o las verdes montañas por donde desfila(ra) la Santa Compaña coleccionando moscas: imagino que, de alguna u otra manera, muchos deberían tener presentes los nombres de Santana o, sin ir más lejos (que es lo que en este caso más cuenta) Barrabás, por poner sólo un par de ejemplos al azar.

Ya lo decían Radio Futura en el encarte del maxi-single de “Dance Usted”, publicado al comienzo del verano de 1983: “Ser cauto es la primera regla del baile”. Y seguía: “Atentos a las corrientes que surcan los mares, crucemos el Caribe, hasta Nueva Orleans”. En esta última línea se condensaba con pasmosa exactitud la hoja de ruta que ha seguido casi escrupulosamente Santiago Auserón (aka Juan Perro) desde entonces y que, independientemente de filias o fobias para con el personaje, destapa el afán de rigor y la coherencia desplegados por el autor de “Semilla Negra” en estos treinta años de desarrollismo mestizo.

Por eso apena encontrarse todavía hoy con declaraciones donde subyace una poco disimulada sensación de rencor y frustración, o columnas revanchistas en base a una más que discutible expropiación de los hallazgos híbridos entre lo anglosajón y el trópico por parte del ex–Radio Futura.

Es lo que tienen las fijaciones: todavía se recuerda con cariño (y regocijo: no seré yo quien dude del agudo ingenio de Víctor Aparicio) aquel capítulo (“La patente latina”) del ex-líder de Los Coyotes dentro de su descacharrante libro “Cruce de Perras” (Visual Books, 2006) donde, en un malabarismo un tanto traído por los pelos pero siempre teñido de un lúcido sentido del humor, Mr. Abundancia también reclamaba su parte del pastel (mejor aún: el postre entero) para con lo latino: “desenmascaraba” a un Auserón casi tomando apuntes en mitad de un concierto de Los Coyotes donde éstos andaban desplegando una revolucionaria síntesis entre el rockabilly mesetario y las contestatarias llamadas a la tribu en forma de corrido panamericano. Todo ello por consejo de una inasible musa en un día tonto de resaca. Cuesta creer que en media hora el futuro Juan Perro viera la luz gracias a Víctor y que no fuera simplemente la constatación de unas inquietudes compartidas en mitad del marasmo post-punk lo que decidiera a Santiago Auserón a felicitar al Coyote tras el concierto. De la velada “abundante” a la declaración de intenciones de Radio Futura en el citado maxi sólo hay unas cuantas semanas de desfase. Demasiada teoría conspiranoica en el debe de alguien que, como decía más arriba, ha demostrado rigor, coherencia, conocimiento de causa y hasta deportividad (en el Rockdelux de febrero de 1988 Auserón reconoce en el autor de “Cien Guitarras” y sus compinches el comienzo de la puesta en práctica de “La Revelación”, que no de su intuición) en todo este tiempo. Es más, si nos ponemos estúpidamente quisquillosos, la versión en clave reggae-pop del “Ballrooms of Mars” de T. Rex que Radio Futura retitularon como “Divina” en 1980 también podría servir como punto de partida para un hipotético advenimiento de lo tropical. Y sin aparecidos –creo- de por medio.

Sensatez y a otros blancos las puñaladas traperas. No en vano, y en cualquiera de los casos descritos, hablamos de artistas con sobrado talento –“superhéroes de barrio” todos- que no necesitan acreditarse echando por tierra el trabajo del vecino. Aprender –por ejemplo, y aunque pueda ser un poco tarde- de los brasileños que, en lugar de perder el tiempo con pullitas de patio de colegio, se parten la cara por colaborar con todo bicho viviente, incluidos compañeros de generación a los que aquí parece que sólo vemos como rivales. La riqueza no está ni en el pistoletazo de salida ni en llegar primero a la meta, sino en el recorrido. Al fin y al cabo el invento no es tal y dudo mucho de que llegáramos -aunque nos pusiéramos concienzudamente a ello- a dar con el verdadero Hacedor de una corriente musical tan ambigua, iconoclasta y bastarda sobre la que no merece siquiera la pena pararse a buscarle padrinos o capitanes destronados o entronizados. Quedémonos con esas canciones y esas sanas intenciones que, en cuestión de pocos meses de diferencia, dotaron de más color e incertidumbre a ese pop español siempre tan aquejado de extremada anglofilia y reproches caprichosos escasamente justificables las más de las veces.