Desde el autoconvencimiento indie y ajena a estridencias o a redomados excesos que en alguna que otra arpista pop funcionan a la vez como discutible plus de excelencia y lastre caprichoso, Mikaela Davis aboga por una versión más cordial e inmediata de su adquirida militancia.

Debutante en 2012 con un disco homónimo donde convivían en el inconsciente la versión menos histriónica de la Björk más orgánica –modo “Homogenic”, por aquello del común empleo de preciosistas cuerdas- en canciones como “River” o “Silence & Noise” o la invocación involuntaria de unas CocoRosie exentas de neurólogos, Davis potenciaba la maleabilidad de su cancionero provocando en el receptor impensables conexiones: su “I’m Just Tryin To Be Your Friend” venía a ser, por zancada, una sobrina -no tan lejana- del “Sunspots” de Julian Cope.

En “Fortune Teller” (2014), sus seis nuevas canciones oficiales -gracias a las aportaciones de simpatizantes y altruistas: ya el pan nuestro casi generalizado-, sigue sin jugar un papel demasiado relevante el instrumento por el que esta neoyorquina niña prodigio pasó un buen día del pentagrama de la escuela al folio en blanco en el recogimiento del hogar. Integrado de manera prudente en el conjunto, ese que se enorgullece de sonar cada vez más a grupo –y donde, por otro lado, la percusión se ha beneficiado esta vez de un trabajo más intensivo- con el fin de priorizar las canciones y sus constreñidas atmósferas en detrimento de protagonismos soberbios o accesorios. Y ciertamente se agradece, sin ser ello óbice para disfrutar de una sonoridad pseudo-folk tan plácida como sugerente. Con esa complacencia sencilla de querer ser uno más.

Sobresalen la energía de “When The White Horse Takes Me Away” y la contumacia melodramática de la propia “Fortunate Teller” impregnadas, como el resto, de unos versos más bien escuetos con toda la imaginería adolescente marcada a fuego: el acostumbrado protocolo sentimental de aquel periodo vital –repleto de preguntas y desierto de respuestas- o el paso del tiempo y su inevitable desenlace. La experiencia misma, en definitiva.