¿Qué lleva a alguien a publicar su segundo álbum casi medio siglo después del primero? Quizá la necesidad latente todo este tiempo de demostrar que fueron otros los que en su día estuvieron equivocados, vista su reciente y manifiesta revalorización. Como una victoria inesperada –dulcísima- mucho más allá del tiempo reglamentario, coloreada de sencilla y gratificante épica. O tal vez -segunda hipótesis- la simple muestra de agradecimiento a quienes un buen día y de manera sincera renovaron la vanidad artística de una mujer de talento inusitado perdida entre prosaicos tratamientos dentales.

El nombre de Linda Perhacs entró de lleno en el mapa de los que, a mediados de la década pasada –sobredosis de vértigo temporal, vaya-, al calor de la recuperación de Vashti Bunyan (caso canónico de renacimiento límite) nos pusimos a investigar –entre la sección de reediciones de boletines discográficos e innumerables blogs oscurantistas- similares historias imposibles parapetadas desde el folk confesional o la psicodelia ad hoc, exactamente los pilares sobre los que se sustentaba “Parallelograms” (Kapp, 1970), el debut de Perhacs, un disco generoso en atrevimientos desde ambas coordenadas musicales. Y así, decenas de alondras escondidas que en su día alcanzaran a grabar, en la mayoría de los casos, un exiguo material tras la implosión post-hippie, salían como de la nada: Ruthann Friedman, Sibylle Baier, Bridget St. John… La (paradójica) Nueva Ola de las antiguas e ignotas princesas de la canción acústica, improbables contrincantes de las Nico, Joni Mitchell o Joan Baez del momento.

Si “Parallelograms” sorprendía por su renuncia a la linealidad y por su vocación hacia la digresión (para muestra la canción homónima, que combinaba cadencia virginal con la más elocuente caída a la madriguera carrolliana jamás grabada), en “The Soul Of All Natural Things” (Asthmatic Kitty, 2014) se han cambiado los empastes por las recetas del herbolario tanto en letra como en música, lo que algunos maledicentes no tardarán en vincular con un mero reciclaje new age.

Veamos. La canción titular –reforzada por unos arabescos hondos la mar de insinuantes-, así como “Children” o “Freely”, conservan buena parte del espíritu de antaño: voz fina, juvenil y narcotizante con un sobrio entramado de fondo. En otras como “River of God” o “Daybreak” está muy cerca del pop arty de Jane Siberry o Anna Domino y en “Intensity” es donde más y mejor se aprecia a esa Björk que Linda gusta citar tanto en promoción. “Prism Of Glass” es puro dream-folk y la tensión cotidiana de “Immunity” recuerda –positivamente- al placebo mainstream de los Fleetwood Mac de los ochenta.

De acuerdo, y por muy odiosa que sea la comparación: no llega ni con mucho al escalofrío del “Lookaftering” de Bunyan (personalmente siempre cogerán más cerca las brumas de Newcastle que las imponentes dunas de California), pero como coqueto disco funcional para casi todos los (apacibles) públicos este retorno convence y se acomoda sin problemas en el subconsciente del año. Así de fácil.