Broken Flowers” (2005) de Jim Jarmusch es una película admirable en muchos sentidos, como lo es la totalidad de la filmografía del de Ohio. En ésta seguíamos el rastro a un hierático y soberbio Bill Murray en su pretensión de encajar las piezas sueltas de su puzzle emocional. Un relato que tenía mucho de homérico, y de traslación del código bushido a los barrios residenciales de colores pastel. Personajes incapaces de comunicarse, y citas a Jean Eustache. El gesto arrebatado y la nostalgia que corrompe nuestro lenguaje de signos.

Es bien sabido por todos la importancia de la música en los films de Jarmusch, y ésta ejerce su poderoso albedrío: ya sea matizando los estados de ánimo; perfilando cada ángulo en la puesta de escena; o dotando de consistencia todo aquello que ocurre fuera de plano. Estos personajes a la deriva sentimental deambulaban al ritmo de una música sensual, fronteriza, de poética ingravidez almibarada a veces. En esta banda sonora descubrí un gran músico y referente clásico de lo que se fue a llamar ethio-jazz: MulatuAstatke. Quedé prendado por esos sonidos serpenteantes que salían de su vibráfono y su órgano. Música en constante mutación: unas veces jazz; otras mudando a swing latino o a groovy funk de neones, y siempre de agradables texturas. Ambrosía para los oídos.

Un estilo musical, cuyo mentor Astatke tuvo en Hailu Mergia un alumno aventajado. Estamos a finales de la década de los “dorados años 70”- en palabras de François Falcetto, la mente preclara detrás de las “Ethiopiques Series”- en la música etíope. Un país que en lo que atañe a lo musical siempre ha sabido adaptar influencias foráneas –Asia, Occidente y Oriente Medio-, e implementarlas con naturalidad en su folklore melódico. Ambos músicos coincidieron en las filas de la Walias Band: fue esta una formación clave en aquel goteo constante de bandas que, al amparo de las radios pirata y de los nuevos sonidos afroamericanos, iban brotando en las calles de Addis Abeba. Formaciones que tocaban en clubs y en hoteles para amenizar las veladas a ritmo de standards clásicos por el día, y disco funk por la noche.

La primera referencia de Mergia -“Tche Bellew” (Kaif, 1977) -consta de diez composiciones todas ellas instrumentales. Es un disco precioso lleno de voluptuosas cadencias rítmicas dominadas por el órgano y la sección de viento. Un suculento menú en donde encontramos reminiscencias árabes en “Yemiasleks Fikir” o “Musical Silt” -ésta con vibráfono de Astatke marcando el paso-; funky con wah wah para amenizar las mil y una bodas de Sherezade en gemas como “Lomi Tera-Tera”; y hasta uno arquea la ceja al escuchar esa orgía de ritmo suspendido en el tiempo a lo Mongo Santamaria que es “Eti Gual Bienai” que me recuerda mucho a aquella composición del cubano titulada “Afro Blue”.

Ya entrado en la década de los ochenta, nuestro hombre en plan “one- man- band” – piano, sintes, y acordeón- graba algunas piezas en formato casete, y en uno de sus viajes de rastreo de campo el coolhunter Brian Shimkovitz capo de Awesome Tapes From Africa- descubre uno de esos tesoros analógicos. Con buen acierto, el año pasado sale al mercado “Hailu Mergia & His Classical Instrument: Shemonmuanaye”. Aquí todo suena más sobrio en un repertorio tradicional. Leí por ahí que así sonaría Cluster si en vez de alemanes fueran etíopes. Seguro que el dúo maravillas del prog alemán –Moebius y Rodelius– escuchan o han escuchado en algún momento estas notas de belleza fugitiva. Un carrusel donde el acordeón recrea claros de luna en “Laloye” o “Hari Meru Meru”; la batería programada desvela el camino para llegar a oasis inhabitados en “Amrew Demkew”; y en“Ambasel” te imaginas entrando en un harem y al fondo, tapado por un telón de raso rojo, Martin Denny toca al piano melodías para no despertar jamás.