Transcurre el minuto 2:39 de “Slipping Husband”, recién empezado “Sad Songs For Dirty Lovers” (2003), cuando un alarido sacude la canción. Es un chorro de voz monstruoso que alberga una sensación que yo no escuchaba desde el álbum “Congregation” de Afghan Whigs. Desde aquel momento prometí amor eterno a The National. Reseña de “Alligator” (Rockdelux abril 2005).

Diez años después me ha vuelto a suceder con “Fall From Grace” de Future Islands, una balada donde parece que basta con poner voz grave después de su intro de percusión de marionetas orientales. Samuel T. Herring sin embargo sabe que ha de ir más allá si quiere que le pongan en el mismo listón que Berninger, Dulli, Lanegan o Cave. Y va más allá, va con todo, hasta incendiarla mediante un esfuerzo gutural digno del heavy metal -o de los viejos Pixies– para apagar después el fuego vomitando amor.

No cabe duda que titular este álbum “Singles” (4AD 2014) a priori puede sonar pretencioso. Con toda la razón, pues, tras un par de días conviviendo con él, se puede afirmar que no es más -¿y qué más se puede pedir?- que una colección de hits potenciales. Hasta ahora Future Islands eran una banda de synth pop con aspiraciones, gracias a la peculiaridad vocal, de trascender. Pasar del concepto limitado del synth al del pop universal requiere un talento y unas cualidades fuera del alcance de la media, sobre todo si se aspira a mantener el punto de subversión pegadito al de la emoción.

El disco atrapa en seguida -la gran diferencia respecto a los anteriores- con la inmediatez de “Seasons”. Cuando una entrada de álbum es más grande que el mundo, apenas quedan flecos para negociar la rendición, pues ya intuyes que tras ella vendrá la siguiente para desarbolar las defensas de los suspicaces. Y tras ella, otra. Con las mismas armas. Están en el ritmo de “Spirit”, en la manera de aupar un estribillo con los arreglos en cinemascope de “Sun In The Morning”, o en los medios tiempos repletos de dramatismo controlado por la voz en “Like The Moon”. Como si Cathal Coughlan -el de Microdisney y The Fatima Mansions– se pusiese al frente de Pet Shop Boys hace treinta años. O al de Empire Of The Sun hace cinco. O al de Chromatics anteayer. O al de Motorama un día de éstos.

Resulta muy difícil dejar de ser arrastrado por el momento y la emoción, por el soul de Herring, escuchándolo y escuchándolo y volviéndolo a escuchar, y negarle lo ahora mismo obvio: el mejor álbum del año.