Veo que me estoy acomodando con el paso de los años. Y en la configuración de escenarios de esta edición del Primavera Sound me lo pusieron a huevo, ubicando el Sony y el Heineken uno frente al otro, de modo que, cuando acababa un concierto en el primero, empezaba el siguiente en el segundo. Solo girarte y caminar unos metros. El corazón te dice que te muevas en busca de nuevas propuestas pero las piernas apuestan por la decisión más conservadora -en el aspecto físico y en el musical- y acaban venciendo. Al menos el primer día.

Entré en el recinto con El Petit De Cal Eril a media actuación, sin poder sacar más conclusiones que las que ellos mismos afirmaron: habían conseguido congregar una asistencia considerable teniendo en cuenta lo temprano de la hora. Me dirigí a Grupo De Expertos Solynieve y no me arrepentí. Lo que manejan J y Manu Ferrón clava su nombre, con esas melodías tan cálidas que no pierden cuando la electricidad las mima. Pleitesía a Byrds, coprotagonismo a lo Teenage Fanclub, y ese sol que pegaba sobreponiéndose al viento, ese sol en las tonadas, ese sol -andaluz o catalán, poco importa- en definitiva presente en su nombre que va detrás de otro: expertos.

La primera vez que vi a Real Estate fue en aquel espacio de sonido infame cuyo lugar hoy es ocupado por el comedor principal. Las cualidades de “Atlas” indudablemente les hacen merecedores de un espacio con mayor capacidad. Y este sonido ha crecido de un modo crepuscular que -casualidad o no- encajaba con la caída del sol, con melodías conducidas por una guitarra finísima que, a pesar de algunas circunstancias técnicas adversas, siempre buscó llevarnos al limbo. No obstante, sin desmerecer su cancionero, se echó en falta una concesión esporádica de material de festival -quizás deberían haber echado mano de algún tema de Alex Bleeker And The Freaks– vista la magnitud de la carpa Heineken.

Todo lo contrario de Midlake. La marcha de Tim Smith les ha dejado huérfanos de matices. Se ha perdido la orfebrería, los juegos de guitarras distintos, la imaginación en los arreglos, mucha sensibilidad y gran parte de su esencia. Es una languidez distinta, casi desafectada, que descorazona sobretodo en la lectura de clásicos como “Young Bride” o “Roscoe”: como si Metronomy los deconstruyeran. De la riqueza instrumental con denominación de origen tejana -no hacía falta que repitiesen lo de Denton tantas veces durante el set- al look californiano super cuidado -cada pelo de sus barbas estilizado, las Ray Ban resplandecientes- y a una música apta para conciertos masivos; pomposa pero sin alma. Todo un disgusto de fan.

Me desquité con Warpaint. Tenía mis dudas -la golosina Caveman solapaba- y quizás no hice bien, pues ya las había visto en su visita anterior, pero me permití el lujo de asistir al proceso evolutivo de una banda; de menos a más. La ocasión se prestaba al comparar “Warpaint” con el álbum previo. Lo que sin embargo me fascinó fue la contraposición de dos estereotipos femeninos. De las cuatro, dos parecían vulnerables, con sus chaquetas primaverales admitiendo su preocupación climatológica, frente a las otras dos, las encargadas de propulsar el ritmo. La bajista ataviada con mono de combate, preparada para la lucha. Y la verdadera protagonista, Stella Mozgawa, la nueva, con su percusión y actitud desbordantes. De pulso abrasivo y mirada felina, golpeando descalza -las uñas pintadas desactivando el look musculado-, te dejaba boquiabierto: una bestia en su esplendor. Ambas se regodearon en el sonido de su sociedad. Y la versión de “Ashes To Ashes” como declaración de principios.

Capítulo aparte, dentro de esa misma enciclopedia analizando las similitudes de comportamiento expresivo de distintos animales, merece la combinación explosiva entre los movimientos corporales de Sam Herring y su voz agreste llevando al cielo las melodías instantáneas actuales de Future Islands. Primate o galán, transmite, y todo lo que se ha escrito en la reseña de “Singles” queda corto. Por razones éticas no me extenderé en este caso ni en unos cuantos más –Arcade Fire mismamente-, ya que a Rockdelux debo mi acreditación y es allí donde se podrá leer dentro de unas semanas lo que opine. En cambio sí estoy en condiciones de afirmar que ver a CHVRCHES no supone una experiencia memorable, al menos durante el cuarto de hora que les observé. Me explico: dos tarimas elevadas, dos tipos tocando botones, y una chica a pie de escenario haciendo el karaoke. Como si estuvieses escuchando un disco que te gusta al lado de gente a la que se supone -al menos los que estaban presentes no solo por la fiesta- también les gusta. Nuestras reminiscencias tribales a flote.

Después del despliegue espectacular y generoso de Arcade Fire, centrado en “Reflektor”“Afterlife” me sigue embriagando seis meses después- y con final carnavalesco, me desplacé un cuarto de hora enfrente para observar los efectos visuales de Disclosure. El cuerpo ya insinuaba que no aguantaría -y menos bailar, que es para lo que sirve este dúo británico- tras diez horas, casi todas de pie, en el recinto.