Jornada agridulce. Empezó temprano y bien, muy bien, con Julia Holter en formato quinteto -violín, contrabajo, percusión, saxo y teclados- en el auditori. Menos electrónica de la prevista y más aromas de jazz bastardo de escuela cinematográfica. Una mezcla de Rickie Lee Jones, “West Side Story” y art school. La plasticidad de un discurso subyugante -cual hada hechicera-, resultó todo un ejemplo para el público compuesto por personas que entienden y personas que aprenden, incluso cuando en un momento dado se deslizó hacia la tropicalia. Y, claro, está la sublime recreación de “Hello Stranger” que puede con todo, ideal para parafrasearla: Julia, I´m so glad you´re here. Seems like a mighty long time.

Poco tardó sin embargo en torcerse la suerte. Primero la cancelación de la esperada Linda Perhacs por problemas de salud, que fue sustituida por una música tan diametralmente opuesta como la de John Wizards, sudafricanos blancos con cantante de color jugando a una puesta al día tecnológica de los ritmos africanos bailables. Como si Vampire Weekend fichasen por Planet Mu. Habiendo recursos acústicos patrios a mano, me pareció una solución desafortunada para aquel recinto y el tipo de público que lo suele frecuentar.

El otro handicap se centró en la climatología. Yo contaba con poder ver a Drive-By Truckers pero un aguacero obligó a buscar refugio, en este caso el auditori. Estaba Mick Harvey interpretando -debido a una reedición, según sus palabras- tras veinte años su homenaje a Serge Gainsburg, bien arropado instrumentalmente -amplia sección de cuerda- y con ese punto tan personal -que también se percibe en Bad Seeds– de prisma cinematográfico: encadenarlo con la Holter hubiese propiciado un aire conceptual único. Se detuvo en la faceta más macarra del francés -bajos y teclados siguiendo el tono de películas sixties de gangsters- y a la vez respetó su vertiente más romántica. Para entendernos, tocó seguidas “Harley Davidson” y “Bonnie & Clyde”. Bromeó después unos instantes con “Je T´Aime Moi Non Plus”, y solo le faltó estar a la altura de la personalidad del autor. Los chascarrillos cínicos anglosajones jamás podrán codearse con la idiosincrasia y el humor elíptico de Gainsburg.

Paró la lluvia y tocó sortear charcos en los dos macroescenarios. Un buen momento para animar a los más alicaídos fue el de Haim. Su sonido es más agresivo que en disco, así como su escenificación (aunque delataban cierto tufo impostor de megaestadio: las poses, el modo de camelarse al público, etc). ¿Idóneas para festivales? Sí, y con tablas, tal como se vio con el final de estruendo percusivo (también con truco: el percusionista oficial aguantaba en un plano secundario el andamio mientras ellas se enzarzaban en aspavientos con los tambores). Esa actitud de rockerillas que van de duras sin embargo no debe eclipsar la esencia, que es su don componiendo canciones pop desde la óptica R&B impuesta por el momento actual. Con otros arreglos y con voz de color, “Forever” y compañía serían éxitos seguros en mercados más accesibles y multitudinarios.

Sin ser devoto de los retornos, he de reconocer que a veces me gusta recurrir a algunos -los otrora modestos- para observar la cara de los protagonistas e imaginar lo que deben estar pensando ante todo el gentío pendiente de ellos. No sé si Slowdive tuvieron en su día un aforo como el del viernes, pero viendo la cara de Rachel Goswell, estoica con la serenidad propia del paso del tiempo y a la vez con un brillo de felicidad indescriptible en los ojos, me alegré inmensamente por ellos. Monumentalmente glaciales, ahora y entonces, cuando el shoegaze era algo más que mirar si la lluvia te había mojado las zapatillas: el rock sinfónico de los noventa.

La excursión para ver nuevamente a The War On Drugs se vio acompañada por problemas de sonido que retrasaron considerablemente su arranque para exasperación de la parroquia. Más que perderse en un sueño, sus componentes parecían atrapados en una pesadilla de micrófonos húmedos, ecualizaciones defectuosas y, lo más probable, algún técnico inepto. Globalmente no me parecieron mejores que en su visita anterior -envolventes, bien- y, a pesar de cierto regusto reiterativo -tanto en el compás como en la voz-, fui de los que corearon exultantes “Under The Pressure”.

Y así, tras escuchar desde la otra punta un par de temas de Pixies, se llega al meollo de la noche con The National. No sé cómo describirlo, aunque sí intuía algo más que su concierto de consagración en el Primavera de hace tres años. ¿Noche histórica? El tiempo dirá si lo que sucedió sobre el escenario y sus aledaños afectará al futuro de la banda. Si las aportaciones de Justin Vernon y Hamilton Liethauser tuvieron algo que ver para que Matt Berninger se ¿saltase? el protocolo al final una y otra vez, lanzándose al ruedo ante el delirio del público. ¿Música magnífica que puede condicionar emocionalmente a quien la canta, ebrio o no, hacia una catarsis pública? Seguramente se trata de un momento irrepetible pero -teniendo en cuenta que ya se habían lanzado puyas sutiles entre Dessner y Berninger– también de tensión agazapada. O yo he visto otra película -un montaje- o aquí huele a lío. Y todos sabemos que las guitarras de los Dessner no serían nada sin la voz de Berninger. Y viceversa.

Terminé la noche con Jagwar Ma, que optaron por realzar en las mezclas la parte más rítmica de su música en detrimento de la melodía. A esta hora es lo que la gente pide y casi no importa el nombre del protagonista.