Frank Maier, el jefe del sello alemán Vinyl On Demand pide a gritos una estatua ecuestre en mi jardín. Volviendo a la realidad: no tengo jardín ni dinero para estatuas pero le profeso un amor infinito a este hombre. Si no es material inédito de Kluster, se descuelgan con gemas hasta ahora no editadas de Nurse With Wound, o esa estelar caja con todo el material grabado por John Bender. Todo editado con mimo y con una intencionalidad clara: revitalizar la edición en vinilo, por un lado, y la de desenterrar material de dark wave, minimal synth -sigamos poniendo etiquetas, total es gratis- y demás variantes ruidosas de vanguardia por otro. Un must.

La exhumación por parte de grupos o solistas actuales, desde hace unos años, del cadáver post-punk a navajazo limpio me tiene un poco harto, lo admito. Todo me suena tan pulcro, tan profesional, tan falto de personalidad que me aterra pensar que este filón no se haya agotado. Curioso cuando las derivaciones destinadas al club de la no wave era excitación, rabia, y bailar con los ojos en blanco hasta perder el norte. Otros tiempos; otros paradigmas.

Reencontrarme con la señora Truus de Groot y su proyecto Plus Instruments me retrotrae al no new york, al sudor en la pista de baile, a esa unión entre pasado y futuro para crear un nuevo marco experimental.

Plus Instruments fue el vehículo creativo de la holandesa De Groot, David Linton -el entonces batería de Rhys Chatham-, y -¡oh sorpresa!- Lee Ranaldo. Historia que comenzó a principios de los 80 en Nueva York. Pero la antesala al sonido Plus Instruments habría que buscarlo en Nasmak, banda de Eindhoven que Truus lideraba, y en la que a través de su efímera existencia dieron buena cuenta de un sonido dúctil, juguetón, y de impronta transgresora. Material editado principalmente en cassette y que es pasto de rastreadores de rarezas en diferentes blogs.

Exile In Paradise”(VOD, 2013), el álbum que nos ocupa, y no editado hasta ahora está fechado en 1982 -cronológicamente puso ser el segundo disco de la banda-. El primer disco “Februari-April ’81” pone las cartas sobre la mesa: ocho excelentes temas de cacharrería industrial, bajos ponzoñosos, y esa gran bola de espejos donde reflejarse tanto la Neue Deutsche Welle como Throbbing Gristle.

El disco empieza pagando peajes con los padres de todo esto, Suicide: de herrumbre, neones y dance aceitoso está hecha “Paradise”. Esos ritmos vacilones, metronómicos y de bajos musculosos de “Bodies” o “Things” recuerdan a Esg y a las Bush Tetras, y en “Don’t Forget me” aparecen los DAF de “Der Mussolini”; los sonidos quebrados y epilépticos de “Obsessed” parecen un match up difícil, pero no imposible, entre Palais Schaumburg y Blondie. Cierro los ojos, y me dejo querer por ese martilleo que me llega desde el subsuelo en una suerte de plegaria synth-motorik pop-“Hoboken Runaround”– y fantaseo con que algún día Glenn Branca dirija a los Can.