Nelson es Perfecto” (Relámpago, 2014) es una joya de pop atemporal, y versos por descifrar. Un disco que gira y gira, y nos da mil vueltas. En estos días Fernando Martínez se estrena también como escritor “oficialmente” con “Suelo Estar” (Pájaro. 2014), un libro perfecto para leer mientas uno escucha Lorca” de Tim Buckey, y desentraña los misterios que subyacen de las traducciones al “castellano” de los libritos de instrucciones de los despertadores “made in China”. Es raro vivir, y más raro sentir.


Los científicos no se fían de nuestra memoria. Se conoce que recordar es en cierto modo inventar –no hay nada peor, probablemente alguno piense eso. Recolocar las escenas como nos las han contado y diseccionar sentimientos tal como hemos visto a otras personas reaccionar ante sucesos semejantes a los de nuestra anécdota. Además está la selección artificial, embellecer el rebobinado si lo merece o desdeñarlo si nos sofoca. No me resultan precisamente perversos ninguno de esos supuestos estigmas. Lo que sí me parece satánico, de hecho lo compruebo demasiadas veces en gente que conozco y en personas que no quiero conocer más, es vivir de los recuerdos, alimentar la nostalgia; que las elipsis no sean el mandamiento sobre todas las cosas en cualquier narración, y más si es anodina, y más si la historia no va de la muerte. Dicho esto, me voy a inventar (ALGUNOS) de los discos que han aterrizado en mi vida como un meteorito y produjeron en mi organismo cambios climáticos y demás desastres naturales. Puede que a pesar de lo pérfido de mi “invención” todo sea inverosímil aunque verdad. Fruto de la casualidad.

Purple Rain” (Prince, 1984)

Lo escuché de adolescente, no sé si en 1990, cuando cumplí 16 años. He comprobado más adelante que fue el año que me lo pasé (MUY BIEN) casi entero en mi cuarto escuchando discos y tocando la guitarra (muy bien). Básicamente mi primera reacción de entusiasmo fue porque no sabía qué demonios estaba pasando, sobre todo en lo que a orquestación, arreglos y SONIDO se refiere. A unos les sube la bilirrubina, la empatía ante lo que escuchan, una conexión generacional, la respuesta a sus preguntas… A mí casi siempre la extrañeza es lo que me pone en órbita. Me sigue pareciendo un disco superlativo. Es una película mítica de los años ochenta en sí sin necesidad de esa hipotética otra película que rodó Prince sobre las canciones, que es un bodrio aunque también me guste, claro (por eso).

East River Pipe (TODOS SUS DISCOS)

Yo espero los discos de East River Pipe como los tweets de Todd Solondz (aún inexistentes) o las novelas de Don DeLillo (no hay una periodicidad fiable). No hay un rastro claro, pero yo me adentro en ese bosque y lo haré siempre aunque me pierda en el camino. Todos sus discos parecen iguales, todas sus canciones parecen la misma. Y no lo son cuando escuchas atentamente. Y más atentamente aún, años después, te das cuenta de que sí son iguales, son la misma persona, pero en diferentes momentos. Tampoco en una sucesión darwinista ni aritmética ni sinusoidal. Es casi lo mismo desde diferentes ángulos, otros miradores de montaña, otras norias. Incluso si observa las cosas desde su ombligo ahí estaré yo para disfrutar sus conclusiones.

Ease Down The Road” (Bonnie “Prince” Billy, 2001)

Lo compré por la portada. Y lo que había dentro superó todas mis expectativas. Me impactó tanto que fue imposible que no viciara en algún momento mi propia música. Me di perfectamente cuenta y lo aparqué algunos años. Ahora, cuando me siento ya libre y con experiencia y cierta inmunidad, y con todo por delante, vuelve a salir a flote en mi vida y me sigue pareciendo un prodigio. Me resulta muy revelador que se me asemeje fantasmagóricamente al cine de Kelly Reichardt, a una nada ficticia. A una cierta quimera. Estoy muy interesado en ese efecto del arte, en mi caso ante todo en la música. Así, “Nelson es perfecto” tiene esa cierta intención, de una supuesta “nada”. Hasta la banda sonora que he compuesto para “Too much Johnson” de Orson Welles contiene esa actitud. Y mi próximo disco de canciones asimismo mantendrá esa onda. No tiene que ver con la forma, ni siquiera con el sonido (al menos no en la instrumentación, aunque sí quizá en la idea de los estratos de la resonancia de las diferentes pistas que forman una canción o una pieza instrumental). Es como si dijéramos una suma imposible de John Cassavetes + Hayao Miyazaki. Esa es la ESTRELLA FUGAZ.

Halfway To a Theeway” (Jim O’Rourke, 1999)

20 minutos escasos de música nunca reverberaron tanto en mí, como si fuera un musical ‘road movie’ sobre la vida nómada de una rana y un oso de peluche. Como las ilustraciones de sus otros discos, de Mimiyo Tomozawa. Me estoy poniendo muy japonés, pero es por los peluches. Estas canciones son tan suculentas que me embriagan, sufro alucinaciones, delirium tremens.

69 Love Songs” (The Magnetic Fields, 1999)

Personalmente mi relación con ese disco y esas personas, lideradas por Stephin Merritt, quedaron sobradamente de manifiesto ya públicamente con mi disco “Superluv”. Es una obra magna hecha de cosas pequeñas, un ideario que en este caso sí comparto milimétricamente, y sin que sirva de precedente. Me sigue entusiasmando este álbum, a pesar de la afinidad –por supuesto. Hay un equilibro complicadísimo entre erudición, cultura e instinto, libre albedrío y meter el dedo en el ojo. Homenajes y desdenes. (Yo soy mucho más Seinfield y Andy Kaufmann. Ellos son más de Jennifer Jason Leigh. Pero a mí me gusta también ella, y a ellos les divierten mis bromas supuestamente graciosas).

Corky’s Debt To His Father” (Mayo Thompson, 1970)

En este disco están todos los misterios de la humanidad, ya lo dice MAYO: “I’m-a-student-of-human-nature”. Canción-canción, ecos tropicalistas utópicos, psicodelia sin ácido, hasta progresismo, y el único blues audible en décadas, de atrás hacia delante y viceversa. Todas las veces que lo escucho percibo la quietud de una piedra que reposa ahí, como quien dice cerca, DE TODA LA VIDA, sin que nadie la levante y se desate el torbellino de polvo y ramas y fauna que esconde casi por azar.